lunes, 13 de julio de 2020
Los amigos de Patita
jueves, 9 de julio de 2020
¿Para quién es el FAE Agro?
¿Para quién es el FAE Agro?
Escribe, Efraín Gómez Pereira
Ni los cinco mil millones demandados por Conveagro, ni los diez mil millones que exigía la Junta de Regantes. Se creó el Programa de Garantía del Gobierno Nacional para el Financiamiento Agrario Empresarial (FAE-Agro), con un fondo de dos mil millones de soles, para financiar la campaña agrícola 2020-2021 de los pequeños productores agrarios a través de créditos para capital de trabajo.
¿Algo es algo? En realidad, ¿cuánto requiere el agro peruano, en especial la pequeña agricultura, para afrontar la tremenda crisis ocasionada por la emergencia? ¿Quién tiene el cálculo real o aproximado de la demanda de financiamiento de este importante sector?
El gobierno, al emitir el DS que crea el FAE, admite que el pequeño productor agrario atraviesa una situación de desventaja por su escaso acceso al financiamiento, por la disminución de sus ingresos, por su poca capacidad de producción y comercialización, por las pérdidas en sus cosechas.
De los 2.2 millones de productores agrarios, pequeños y medianos, algo más de 200 mil acceden al sistema financiero. Para ellos es el programa FAE, pues deben contar con clasificación en la central de riesgos de la SBS. Los otros dos millones, seguirán mirando del balcón, seguirán en el mundo de la informalidad, de los agiotistas, los intermediaros, camioneros, y usureros, que son mucho más ágiles que la burocracia y requisitos de los bancos.
Los dos mil millones, que representa 3% del monto asignado para el programa Reactiva Perú, serán canalizados, después de una subasta, al estilo Reactiva Perú, a través de las Empresas del Sistema Financiero y las Cooperativas de Ahorro y Crédito o Cajas Municipales. Agrobanco, llamado a liderar este programa, que afronta taras y dificultades actuales para colocar y recuperar sus pocos créditos vigentes, ¿podrá competir con otros bancos, con las cajas?
El FAE, está destinado a financiar a pequeños productores con menos de 5 hectáreas, con créditos de S/15 mil, hasta S/30 mil. Es decir, un paliativo que les permitirá producir algo en la próxima campaña. ¿Y las pérdidas de la actual campaña? ¿Y las cosechas truncas o no realizadas por la obstrucción de la cadena productiva? Para eso no hay. Manan kanchu.
Para ir a tono con las garantías habilitadas en Reactiva Perú de S/60 mil millones, al que accedieron en preferencia, grandes empresas o grupos económicos; los créditos de hasta S/ 15 mil, tendrán 98% de cobertura, y los créditos de S/ 15 mil hasta S/ 30 mil, 95% de cobertura.
Para acceder a los créditos del FAE-Agro, el productor tiene que encontrarse clasificado en la categoría de normal con problemas potenciales, en la Central de Riesgo de la SBS; no tener créditos de Reactiva Perú o del FAE-Mype. Tampoco ser cliente del Fondo Agroperú, y menos aún tener problemas con las contrataciones estatales.
Es decir, precisamente aquellos productores que a causa de la emergencia han acumulado dificultades y requieren de oxígeno para levantar cabeza, no son los naturales beneficiarios de este programa de “salvataje”.
Estoy convencido, que al término del plazo de doce meses, estos créditos serán devueltos, porque los pequeños son cumplidores, honran su palabra. No ponen en riesgo su pequeña propiedad.
“PATITA” ENTRE EL OLVIDO Y LA SOLEDAD
“PATITA” ENTRE
EL OLVIDO Y LA SOLEDAD
Escribe, Efraín Gómez Pereira
El pasado 24 de junio, día del Campesino, cumplió 89 años. No hubo serenata. No hubo torta. No recibió visitas, ni regalos. Las tres viejas y legendarias campanas de la iglesia San Blas, de Lambrama –sus compañeras de toda la vida- no repicaron en su honor. Sus lastimeros tañidos, se hicieron extrañar, una vez más.
Bautista Tello Teves, el inolvidable “Patita” de Lambrama, personaje añorado por quienes lo conocimos, por la juventud de antaño, sigue solo como hace diez, veinte o treinta años. Su soledad es amiga, amiga íntima, de su pobreza y de su delicado estado de salud.
Sus cinco nietos, su hija Virginia, que la pelea duro todos los días para llenar la olla, le abrazaron, le cantaron. En ambiente de emoción, a pesar de las sombras de la falta de todo, compartieron con el viejo y recordado lambramino, de Pampacalle, una mesa de ocasión, llena de abundante amor.
Vive en la casa de su hija Virginia, que fue criada por una tercera familia, entregada por Bautista, cuando apenas esta era muy niña. Es una casa alquilada y angustiada de estrechez, ubicada en una callecita perdida de Patibamba Baja, en Abancay, donde comparte sus menudos espacios con sus pequeñuelos, que han hecho de él, una razón especial para vivir. Lo cuidan y lo miman con delicadeza y atención.
Lo mantienen peinadito, aseado. Pobre, pero limpio. La mayor parte del día, permanece sentado en una silla artesanal de duro guarango, sobre unos pellejos de oveja que lo mantienen caliente. Sus esmirriadas piernas se funden en un buzo polar que es necesario doblar para que no se arrastre por los suelos, por lo grande que es.
A pesar de la sordera que lleva consigo desde que tiene uso de razón, a pesar de la enorme dificultad que tiene para movilizarse a causa de una artrosis añeja; sus ojos vivaces, que aún identifican lo conocido, por las formas o los colores, no descuidan nada. Están atentos a cualquier movimiento que se registre en su entorno, para advertir con un murmullo, que quisiera sea un grito, de algún peligro para sus nietos.
Sus raleados bigotes y barba, escasos y blancos, le dan apariencia de un cuadro de pintura medieval, que son el deleite de los nietos, que lo peinan y le hacen trencitas, ante la pasividad candorosa del viejo.
A la sola idea que plantea llevar a Bautista al asilo de ancianos de Abancay, tanto Virginia como los nietos, hacen coro infranqueable a la defensiva. Un sonoro ¡No!, seguido de lamentos y llantos bajitos y sostenidos, manda al traste la atrevida propuesta. Patita se queda en casa, no se diga más.
Cuando el periodista lambramino, Dino Pereyra lo visitó, llevándole algunas muestras de su cariño, “en gratitud al recuerdo vivaz de mi niñez en Ccotomayo, Pampacalle y Chucchumpi, de seguir sus pasos cuando matraqueaba en las procesiones del Patrón Santiago, o subía al campanario de San Blas, para tocar el Chincapun”, Patita parece dejar de momento la eterna laguna que bloquea sus recuerdos, e intenta agarrar las manos de su paisano, con dedos fríos y suaves.
Sonríe mostrando una hilera de dientes ausentes y sacude la cabeza, como queriendo agradecer el gesto. Su mirada se pierde una vez más y se relaja rasgando la envoltura de unas galletas, para saborear unas vainillas frescas y crocantes, que las digiere humedeciéndolas lentamente en la boca.
En un quechua apretado, que a duras penas se hace entender, reclama por su casita de Lambrama, de patio pequeño donde hacía y deshacía una serie de labores manuales. Ese patio de mil historias fue ocupada, fragmentada, retaceada, por inescrupulosos vecinos, sin reconocerle ningún estipendio. Nadie reclama.
También clama con evidente nostalgia, por su bombo, su último bombo hechizo, que prestó, de buena gente, a un vecino de Marjuni. Quien sabe qué habrá sido de ese instrumento que acompañó a punta de golpetazos, a los originales Kaperos de Lambrama, en cuanta jornada cívica hubo en el pueblo.
“Por momentos ríe con ganas y no sabes de qué y por qué. Percibo cierta alegría perdida en su conversación. Hago esfuerzos para entenderle y no lo consigo. Ante tanta impotencia, ante ese cuerpo frágil que se aferra a la vida, no puedo evitar las lágrimas”, confiesa Dino, muy sentido.
Un grupo de voluntarios de la Promoción 83, del colegio de Lambrama, se ha puesto de acuerdo para juntar algún dinero que les permita llevarle una camita, un colchón, y quizás una silla de ruedas al gran Patita. Ojalá se pueda cumplir este cometido, para que Patita de Lambrama, tenga algo de calidad de vida en su apretada existencia.
El bono mensual que percibe del programa Pensión 65, le permite afrontar con estrechez algunas necesidades básicas para su subsistencia. Lambrama, su pueblo, sus hermanos lambraminos, sus autoridades se han olvidado de Patita. Patita que fue un activo todoterreno en la iglesia de Lambrama, no recibe nada del obispado de Abancay. Creo que lo merece. Esperamos que tras esta nota haya alguna reacción entre las autoridades. Estaremos atentos. Patita no merece el olvido, porque él nos recuerda, nos lleva en su enorme corazón.
lunes, 6 de julio de 2020
Esther Pinto Ballón, al Maestro en el recuerdo
Esther Pinto Ballón, al Maestro en el recuerdo
Escribe, Efraín
Gómez Pereira
Día del Maestro, jornada anual en homenaje al profesional que forma a los nuevos ciudadanos. Este año, como otras actividades tradicionales, está ausente de la agenda nacional. Esta ausencia, sin embargo, no impide que, desde nuestra memoria agradecida, evoquemos a los Maestros que nos acompañaron en la formación inicial de nuestra existencia, que nos encaminaron por la senda del buen andar.
Este recuerdo me lleva a la Escuela Fiscal de Lambrama, años 60 del siglo pasado, para traer a la mente, la imagen de una profesora muy querida por sus alumnos y que hasta hoy, tras más de cinco décadas, la seguimos sintiendo cerca, a pesar de su ausencia física.
Se trata de la señora Esther Pinto Ballón, mujer de estatura mediana alta, tez blanca, cabello ondulado bien peinado que escondía con un sombrero de paja, y algunas veces con un casco blanco que estaba de moda. Vestía con el rigor de una mujer seria, de respeto; sobria y elegante.
Su voz firme, con expresiones bien articuladas, llamaba la lista de asistencia, casi de memoria. La escucho pasando un registro de datos personales, desde Transición hasta Cuarto de Primaria. Para el Quinto año de Primaria, mudé al Miguel Grau, de Abancay.
La Escuela ubicada en una esquina de la plaza de Armas de Lambrama, estaba pegada a la iglesia San Blas. Tenía dos ambientes grandes y otras más pequeñas, bordeando el patio central. La Dirección ocupaba un ambiente con una ubicación preferencial, en medio de las aulas. Había una mesa grande y en una repisa, copas y trofeos deportivos y mapas.
En las formaciones de mañana –se estudiaba mañana y tarde-, sus alumnos marcábamos la diferencia. Ordenados, disciplinados para entonar el Himno Nacional, del “largo tiempo, el peruano oprimido…”, siguiendo la estricta mirada de la Maestra, que paseaba de arriba hacia abajo y viceversa.
Recuerdo a otros Maestros de esa época, de igual talante y rigor profesional, como Zenaida Gutiérrez, Moisés Urdánegui, Betty Ballón, Adrián Pereyra, Yolanda Pinto, Martha Ísmodes, Mery Ballón, Olga Alfaro, Raúl Alegría, Jorge Baca; y Livia Pagaza, en Atancama. Eran maestros que residían en el pueblo, en casas propias o alquiladas. Las clases escolares eran de lunes a sábado hasta medio día. Otros tiempos, sin duda.
Volviendo al recuerdo de Esther Pinto; con Marco Jiménez, Enma Ballón, Marieta Yupanqui, Juvenal Tello, Mario Chuima y otros más, que se me escapan, hacíamos una patota de ccoritos engreídos por la profesora y de cuando en vez, degustábamos frutas frescas que llevaba de Abancay. Naranjas Huando, mangos, sandías, duraznos, se disputaban nuestras preferencias con Taparacos y Mistis, panes nativos de Abancay. Para la sed, Nectarín y Naranjín, en botellas de vidrio.
La lectura del libro Coquito, era mi predilección, como la de otros tantos infantes lambraminos, que vivíamos el día a día, sin imaginar que los juegos virtuales de la actualidad, aislaría a los amigos, los haría solitarios.
Un enorme pizarrón de cemento verde, al que se alcanzaba con la ayuda de un banquito, atrapaba nuestros primeros atrevimientos en escritura y dibujo. Tizas de yeso, blancas y de colores, sobresalían de unas cajas de cartón, que eran celosamente cuidados por la Maestra.
Recuerdo los recreos juguetones y bulleros que compartía, de igual a igual, además de Marco, Enma, Marieta, Juvenal y Mario; con Zoilo Gamarra, Toribio Quintana, Aparicio Villegas, Fredy Sierra, Dionisio Chipana, Fredy Cáceres, Abelardo Villegas, Pedro Gómez, Cirilo Barazorda, Genaro Gamarra, Luis Gamarra, entre otros, muchos de los cuales ya desaparecidos.
Recuerdo también afanosas jornadas preparatorias para el aniversario de la escuela, o las Fiestas Patrias, para lo cual era menester acopiar en el valle, ramas de retamas y carrizos, para armar los quioscos de viandas, en el patio escolar.
Los más grandecitos -había alumnos mayores de 20 años que compartían con nosotros que la mayoría frisábamos los seis y siete años- iban a cortar leña a Llakisway, para que la señora Balvina prepare los desayunos escolares, con leche en polvo y harina de trigo donados con el sello Alianza para el Progreso, de los Estados Unidos.
Los paseos escolares a Cuncahuacho, Itunez, Taccata, Yucubamba, eran memorables, al igual que nuestra participación comprometida en la construcción de la trocha carrozable hacia Atancama. Pico en mano unos, y otros con baldes de limonada preparada con agua de manantial y azúcar rubia, para calmar la sed de los voluntarios.
Asimismo el apoyo en levantar la gruta de la Virgen de Fátima, ubicada en el ingreso al pueblo, en Llactapata, para cuyo efecto, cargábamos piedras lizas desde el río, una vez por semana.
Inolvidables las campañas escolares para levantar los cimientos y paredes del local escolar ubicado en los extramuros del estadio de Lambrama. Piedras, rocas, arena, palos, adobes, cargados en huantuna por mozalbetes, que lo hacíamos de puro gusto, y con gran gusto.
En todas estas aventuras infantiles y escolares estuvo la presencia orientadora de la profesora Esther Pinto, cuyo compromiso e identificación con una educación escolar de calidad, la catapultó en algún momento a la alcaldía del distrito.
Anécdota aparte que vale la pena mencionar, es que dos o tres alumnos de la escuela, luego de reñida competencia, viajábamos a Abancay, por el aniversario de Lambrama, para declamar una poesía alusiva al pueblo, a través de radio Apurímac.
Igual de grato recuerdo, nuestra participación en las fiestas de Apu Raimi, en Saywite, y del Inti Raimi, en Sacsayhuamán, como parte de una delegación de lambraminos que paseaban su arte tradicional, a través de la escenificación del “Vara Muday”, que en esos años se hizo de primeros lugares en concursos departamentales y regionales.
Con el pretexto del “Día del Maestro”, nuestra añoranza y nuestro cariño, al Pueblo de Lambrama, a la Escuela Fiscal, al Maestro, a la Maestra Esther Pinto Ballón.
sábado, 4 de julio de 2020
CHUCCHUMPI: GRADERÍAS DEGRADADAS
CHUCCHUMPI:
GRADERÍAS DEGRADADAS
Escribe: Bernardino Pereyra Peralta (*)
Desde que tengo uso de razón, casi lo único atractivo de mi distrito capital de Lambrama, en la provincia apurimeña de Abancay, fue la gradería ubicada en el barrio de Chucchumpi, con más o menos 250 metros de pendiente, y que torpemente fue bautizado últimamente, y no se sabe por qué razón, como barrio Los Libertadores.
Eran graderías impactantes, cuasi naturales, como todas las obras eminentes arquitectónicas de la época colonial. Y por su accidentada geografía, por esas gradas de pura piedra, bajaban cuadrúpedos trasladando oro y plata del lavadero de Ccaraccara hacia el centro de acopio subterráneo que se encontraba en el templo de Lambrama.
En la década de los 90, estuve en Lima, con mis amigos Lucas y Ulises, inscribiendo a nuestro grupo musical “Lambralma”, en los archivos de la Biblioteca Nacional del Perú; cuando de pronto ante mis ojos en el mural de la pared aparecía una foto gigante, con un título sugestivo que decía ¡Qué locura!. El texto no mencionaba en absoluto el lugar que representaba. La fotografía era real. Eran las graderías de Chucchumpi, de nuestro Lambrama. Sentí indignación porque no se identificaba el lugar; al mismo tiempo, alegría y emoción.
Graderías de Chuucchumpi, en Lambrama.
- Izquierda, escalera en todo su esplendor.
- Derecha, con el arco intruso.
Pasados los años, las magníficas graderías habían sido reacondicionadas con piedra y cemento, bordeadas de canaletas. No sé si para bien o para mal, sin embargo se veían maravillosas.
En una revista que vi en algún lugar, destaca una fotografía tomada desde la Plaza de Armas, con el título acertado de “Escalera al cielo”. Las graderías de Chucchumpi, en todo su esplendor.
A pesar de su belleza natural, nadie todavía tiene en mente valorar semejante obra maestra, y que si tuviéramos algún tipo de sentido común en mejorarlo o conservarlo sería otra cosa y muy diferente.
Lejos de ello, por obra y gracia de alguna autoridad local la escalera de Chucchumpi, fue afeada, ocultada a la mirada de admiración desde sus bases. En una decisión atroz, levantaron un arco en medio de las graderías, escondiendo la maravilla, rompiendo una visión única.
No cabe en la mente, qué sentido común cultural habrían tenido esas personas para realizar semejante atrocidad y sin consulta alguna a entendidos en arquitectura, antropología, geografía, escultura, arte y hasta sociología; para levantar un arco de cemento. Nunca lo aceptaré.
Comparen ustedes la armonía y el contraste, de una vista sin arco, con la otra que se descalifica por sí sola. Creo que es necesario que el arco sea derrumbado para liberar a las escaleras de un entrometido que la afea. Hay tiempo para que esa excelente vista natural vuelva a su real dimensión geográfica. El día que decidan derruirlo, me tomaré un trago de felicidad.
(*) Periodista lambramino.
viernes, 3 de julio de 2020
LAMBRAMA SE REACTIVA, SE ENCAMINA

jueves, 2 de julio de 2020
José David, 25 años
José David, 25
años
Escribe, Efraín Gómez Pereira
Es inevitable que su mirada, tierna y escrutadora, se extienda más allá de la cuenta, cuando observa algo que le llame la atención. Pienso que se hace preguntas, que busca respuestas.
Generalmente, es observador y, al mismo tiempo, parco, silencioso. Pero cuando le entra la inquietud por algún tema de su agrado, cuando le picas con una chanza o una pregunta capciosa, se desata y no hay quien lo pare.
Es José David Gómez Pineda, mi hijo, que hoy cumple 25 años. Empezó a vivir, su propia vida, a los 15 días de nacido, después de superar pronósticos fatalistas de “expertos” de aquí y de allá, a quienes felizmente, por la terquedad del amor, no escuchamos.
Terapias físicas en el Seguro y con especialistas particulares. Terapias de lenguaje en centros especializados, donde conocimos personas de corazón gigante. Educación inclusiva en colegios especializados y “normales”, en un medio donde, hace apenas un cuarto de siglo, existían los rechazos incomprendidos, hacia las mal llamadas personas diferentes, especiales.
Un duro y permanente ajetreo en el que hubo el compromiso de su madre, Gloria, quien es, finalmente, el combustible que enciende y mueve ese motor llamado hijo. José David es la expresión natural de la paz, de la tranquilidad. Un abrazo suyo, una sonrisa curiosa, una mirada de sus ojos achinados, causan efectos de inmediata empatía, que ya muchos quisiéramos tener.
¿Y cuál es la novedad?, dirán. José David, es un joven con síndrome de Down, y fruto del trabajo desplegado en toda su vida, es un artista multifacético. Es un músico que lee partituras y domina la flauta, armónica, batería, danza, marinera, hip hop. Es aficionado a la fotografía y la natación. Con su personaje “Pescadito”, hace de divertido clown. Le gusta la cocina. Vive entretenido con esa capacidad acumulada y asimilada desde muy niño.
Ha participado en el grupo de rock “Magenta”, compuesto por músicos con síndrome de Down y autismo. Ha llevado su capacidad musical al festival Mundo Alas, en Argentina, donde tocó con León Gieco. Ha viajado a México, Estados Unidos, Ecuador, Colombia, Chile.
En el país ha visitado varias ciudades y en Lima, asiste a jornadas abiertas en teatros, plazas, universidades, colegios, hospitales, municipios, radio y televisión, donde no solo toca música, sino enseña marinera, da charlas de motivación testimonial, de la mano de su madre, que es una experta en el tema de discapacidad e inclusión.
Es un joven inquieto, travieso, ágil. Recibió en Washington, el premio International Gold Excellence Awards, que lo reconoce como Promotor de los derechos de las personas con discapacidad a través del arte.
De hecho, en su blog personal se identifica: “Soy José David, activista y defensor de derechos de jóvenes que, como yo, buscan ser reconocidos por sus capacidades y talentos. Amo la música y la danza, mis aliadas, que se han convertido en mi lenguaje y en la oportunidad de llevar mi mensaje de inclusión a diversos escenarios”.
“No me gusta competir. Prefiero disfrutar cada actividad sin el stress y la presión de lograr una ubicación preferencial. Y si bien no tengo un título profesional, no dejo de explorar, aprender y conocer, cada día, para ser una mejor persona y demostrar que discapacidad no es incapacidad”, define con claridad.
Tras culminar la etapa escolar, José David recibió una formación integral para afrontar la vida diaria, a través de talleres productivos de autoempleo, que lo tiene como actividad paralela a su vida de artista. Viva la vida, hijo mío.












