lunes, 2 de febrero de 2026

María, la Reina de los Carnavales

María, la Reina de los Carnavales
Escribe, Efraín Gómez Pereira
 
Voz melodiosa, pegajosa. Canta suavecito, suspirando, como queriendo aferrarse a algo que se le va de las manos, de la sonrisa. Conocida como Wifala del Perú o Reina de los Carnavales lleva en las venas, en el corazón el color del huayno apurimeño, la alegría del carnaval abanquino, el calor del cantar lambramino.

Empezó tarde, para el promedio de las artistas que empuñan el micrófono como herramienta de trabajo. Debutó a los casi 18 años, en una peña limeña concurrida por turistas, cuando los grandes teatros eran esquivos al huayno. La Peña Wifala, ubicada en el centro de Lima, fue el primer escenario que la encaró con el público, con los aplausos, las miradas, los coros y los pedidos de “otro… otro”. De eso hace casi medio siglo.

Vestida siempre con el lujoso traje abanquino de polleras coloridas, mantón brilloso, blusa de encajes, broche dorado, botín de cuero y sombrero Micaela. Debe tener una vasta colección de estas joyas que enaltecen la cultura abanquina, al carnaval más alegre del Perú.
Carismática, con una permanente sonrisa, María Ballón Sierra, natural de Lambrama, tierra de su inocultable orgullo, de sus raíces; siempre menciona sus orígenes, recordando las voces y guitarras de su abuelo César y de su padre Percy, a quienes veía de niña, en jaranas inolvidables que sacudían paredes y techos, eucaliptos y árboles frutales de la prodigiosa hacienda Huaycaqa.

Dinámica e incansable en promover el huayno y el carnaval, tiene una agenda llena de compromisos que la llevan a diferentes escenarios en todo el país, como festivales, aniversarios, serenatas, fiestas costumbristas, encuentros entre paisanos, en los que se luce con Puka Polleracha, carnaval que identifica a los abanquinos.

Además, tiene una secuencia permanente de promoción del huayno por redes sociales, “Aires de Abancay”, donde habla con gentes de todos lares, con autoridades que le piden encargos, con amistades que solicitan saludos de cumpleaños, con vecinos que reclaman sus canciones, sus carnavales. Hace lo que más le gusta, lo que le apasiona.

Por su trabajo incansable de varias décadas, su dedicación y esmero en poner en relieve el canto andino, nuestro huayno, María ha sido reconocida en su tierra como en otras latitudes con diferentes merecimientos que ponen en alto su valía como representante y embajadora viva de las artes apurimeñas.
Siente orgullo de haber compartido escenario con el legendario grupo Los Chankas de Apurímac, en el teatro Municipal de Lima, del que tiene gratos recuerdos que los refleja en sus charlas y encuentros con seguidores y público que comparte su día a día.

Afirma que el mejor premio que ha merecido en su trajinar por aquí y allá, es el aplauso del público que corea sus canciones, que se alegra con sus presentaciones, con su entrega.

Recuerdo a María niña, en la escuela de Lambrama, jugueteando con sus pares en las escalinatas de la plaza de Armas, en los juegos infantiles, en los baldíos de Surupata y Cuncahuacho, donde hacía gala de su afición natural que la convirtió en una gran exponente del cantar andino, en la Reina de los Carnavales.

lunes, 26 de enero de 2026

Cartas y telegramas de antaño

Cartas y telegramas de antaño
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Finales de los años setenta, en Lima, un jovencito en busca de sus sueños recorre las calles del centro de la ciudad capital mirando, observando con atención y admiración los enormes bloques de cemento y fierro que se levantan a diestra y siniestra. 

Edificios privados y públicos, iglesias, ministerios, bancos, hoteles de gran envergadura pareciera que se codean con las nubes, de un casi siempre oscuro cielo limeño. 

La Plaza de Armas – con Palacio de Gobierno y la Catedral- se impone en prestancia, al igual que sus vecinas San Martín, Dos de Mayo, Bolognesi que lucen sus riquezas arquitectónicas. El Parque Universitario y la Plaza Unión, son imanes para la concentración de provincianos.

Jirones apretados, avenidas grandes. Las calles son puro dinamismo, ajetreo, desorden, bulla. Tránsito siempre pesado. Gentes que van y vienen se disputan los espacios de las arterias con una masa laboriosa de comerciantes ambulantes, que se han adueñado de pistas y veredas. 

El “recién llegado” tiene que adecuarse a la realidad. En Abancay las caras eran conocidas, las calles hermanadas. El “buenos días”, era una norma de valor impuesta por la propia cultura, heredada o aprendida de abuelos y padres que imponían respeto antes de todo. 
Antiguo local del Correo Central de Lima y carta de Laureano enviada en 1967

Ese jovencito interesado en crecer y “ser alguien”, ya atrapado por las fauces de la gran ciudad, no se olvida de sus raíces. Añora su tierra, extraña a su padre, a sus hermanos. De vez en cuando va a los terminales de las empresas de transportes Morales, Hidalgo, Cóndor de Aymaraes, a la espera de una carta, una encomienda con cancha chullpi y queso cachicurpa, que le traslade a los sabores y aromas de Tomacucho, en Lambrama,

No hay internet. No hay redes sociales. El WhatsApp ni en sueños. Pero hay necesidad de comunicarse para saber cómo están allá, cómo estamos acá. Las cartas escritas a mano con el consabido “Previo un cordial saludo…” se envían por las empresas de transportes o por el Correo Central de Lima, pagando una estampilla que hoy solo es recuerdo. 

Los telegramas de escasas palabras -cada palabra cuesta- que se debía dictar a una operadora, se convierten en instrumento comunicacional más rápido. Tenía que haber una emergencia para recurrir al telegrama. La llegada de un esperado mensaje se anunciaba por la radio comunal: “Atención señora Agripina, tiene telegrama en la oficina de correos”.

Cuántas veces habré ido al Correo Central para enviar una carta o dictar mi telegrama: “Querido papá, reclamar giro en banco. Tu hijo”. Hoy, sería un Yape y avisado por el móvil. 

Rebuscando recuerdos, encontré dos cartas que Laureano escribe a Dora, mi madre, en octubre de 1966 y marzo de 1967. Ambas hechas a puño y letra, con un orden y pulcritud envidiables; y enviadas a través de un familiar y amigo que viajaban de Abancay a Lima. “Adorada esposa, la Virgen del Carmen permita que esta mi carta te encuentre mejor de salud…”. “Aprovecho el viaje de mi amigo Rubén, para escribirte estas líneas…”

Esas formas de comunicación eran más personales, más humanas y llenas de emoción. Las cartas describían el estado de salud, expresaban preocupación por la familia, los hijos, los animalitos, los negocios, la vida misma. “Sin más que decirte, informo con pena que tus gallinas han muerto por la peste. No ha quedado ni una sola, pero ya encargué a Abancay para que me envíen una docena de pollos”. La respuesta era inmediata, aprovechando el retorno del mismo mensajero. Otros tiempos, sin duda, donde había que ser creativo para hilvanar las palabras y expresar lo necesario en pocas líneas.

jueves, 22 de enero de 2026

Los latigazos del "Chivo" Acosta

Los latigazos del “Chivo” Acosta
Escribe, Efraín Gómez Pereira

En algún momento de mi paso por el colegio Miguel Grau, de Abancay, segundo de media, sentí el ardor del latigazo que el “Chivo” Jesús Acosta, propinaba a los alumnos faltosos o desobedientes. 

En su condición de auxiliar, tenía todo el poder y rigor para corregir los entuertos de adolescentes que, en lugar de estar en clases, se “chitaban” para irse fuera del alcance de los vivaces ojos del Chivo.

Querido y condenado como consecuencia de su propio accionar, era un docente muy popular, exigente y de necesaria consulta para los permisos. Don Jesús, debía estar enterado de todo. Era su responsabilidad velar por la seguridad no solo del entorno estudiantil, sino y sobretodo de sus alumnos, de los grados que le correspondía como el auxiliar. En la formación de los lunes era el terror de los inquietos.
Recordado Julio “Chivo” Acosta Ríos, un personaje inolvidable en el Miguel Grau, en Abancay.

Un viernes cualquiera, casi al finalizar el recreo de la tarde, me enfrasqué en una pelea habitual, cotidiana con un compañero, natural de Tintay. El “chócatela para la salida”, era parte de la normalidad que terminaba a golpes, muchas veces fugaces. Con un abrazo pos chocolatera se ponía fin al desencuentro. Los rivales seguían siendo amigos.

Apenas terminamos el abrazo de la paz, luego de una trifulca con hinchada y barra presencial que nos rodeaban, se escuchó el grito agudo del Chivo: “Gómez… Núñez, a la dirección”. Asustado, todavía con la nariz embadurnada de sangre, y mi ocasional rival con un chichón morado en el pómulo, caminé detrás del Chivo. 

Sin sermones ni gritos, hizo zumbar el zurriago de metro y medio que lo acompañaba hasta al baño, don Jesús soltó un latigazo que, con su punta anudada, me hizo ver a Judas calato. Me sonrojé y aguanté las lágrimas. El otro cholo, el de Tintay, era un mar de llantos. “Ya saben, la próxima serán tres chicotazos. A bañarse”, gritó haciendo bailar sus bigotes blancos bien afilados. Salí de la dirección rodeado con el consuelo de algunos amigos y la burla de otros. 

Tenía rabia e iba masticando una venganza. “Carajo, ni mi padre me ha pegado así. Le robaré el látigo para quemarlo”, pensé. Pero el Chivo tenía ojos hasta en la espalda. Nunca estaba descuidado.

En casa, entre lágrimas me quejé con Laureano, mi padre, quien había llegado a la ciudad en su habitual visita de fin de mes. Miró con incredulidad la marca del látigo que resaltaba en mi trasero. “Iré el lunes a hablar con el director” dijo pausado y me llenó de calma. “Chivoemierda, ya verás”, ensayé un gozo vengativo.

Caminé junto a mi padre, arrastrando los pies por la avenida Seoane. Cada paso que daba me llenaba de dudas. “Señor Gómez, gusto en verlo, adelante” saludó don Jesús a Laureano.
 
Habíamos llegado quince minutos antes de la hora de la formación. El patio de honor estaba vacío. Me quedé afuera, en el pasadizo, esperando. Apenas dos minutos y salieron serios sin siquiera mirarme. Mi padre le alcanzó la mano: “Muchas gracias, don Jesús, a la próxima travesura dele más fuerte”. ¿Qué?, Sentí el rostro sonrojado y los pelos encrespados. Mis manos sudaban. No entendía nada. “En casa hablamos, hijo” y me alcanzó una moneda que fue a parar a manos de la tía Lora y sus papas rellenas.

Cuando llegué a casa, en el jirón Chalhuanca, Lauli ya se había ido a Lambrama. Nunca más hablamos del tema. Nunca supe qué le dijo el Chivo para que mi padre le agradeciera. Nunca más una travesura que provoque el latigazo del Chivo, del gran Chivo Acosta, que con ese rigor de antaño supo inculcarnos el respeto, el valor y la responsabilidad que hoy, cuando ya peinamos canas, reconocemos y valoramos. 

Antes era mejor, sin dudas. Hoy ese auxiliar exigente, severo, castigador sería masacrado por las redes sociales. Los alumnos de vidrio o cristal lo denunciarían por abuso y violencia, por atentar contra sus “derechos humanos”. Los padres de familia exigirían su expulsión. 

Gracias, Jesús “Chivo” Acosta, por esos zurriagos que nos enderezaron en algún momento. Miles de pikis miguelgrauinos de generaciones pasadas te recordamos con apego y reconocimiento.

lunes, 19 de enero de 2026

Mis huallatas de Taccata

Mis huallatas de Taccata
Escribe, Efraín Gómez Pereira

En Lambrama, a un animal de crianza familiar – una mascota-, se le conoce como “chita” y está vinculado generalmente con un menor de la casa. No se trata de un “juguete” personalizado sino de un encargo, una tarea, una responsabilidad que se le da al niño o niña, para que cuide del animalito que ha quedado huérfano o fue separado de sus padres por causas fortuitas.

Un cachorro, un pollo, un gato, un carnero, un pichinko, hasta un becerro o un potrillo puede convertirse en el amigo inseparable del infante, quien madura precozmente al valorar la importancia de un animal doméstico.

Recuerdo que mi hermano, Alfredo, el más engreído de don Laureano, cuando frisaba los ocho años, tenía como chita a un hermoso carnero blanco con vivos negros en el lomo, criado desde muy pequeñito a punta de biberones de leche de vaca y cortes de trébol tierno. 

“Luchito” se llamaba el lanudo y tenía como sus dominios a la cocina, los altos y el llantahuasi, donde dormía. No había olla con mote o papahuaico, que se salve de sus apetitos y curiosidad, con la algarabía y festejo de Apelo. Cuántas ollas habrá roto con sus cuernos arqueados y filosos.

Andaba pegado a los pantalones de su dueño. Corría y saltaba con agilidad felina por todos los rincones de la casa de Tomacucho y se explayaba cuando lo llevaban a los pastizales y maizales de Oqopata, Luntiyapu, Cuncahuacho y Jukuiri. Era dueño de sus propias travesuras. 

Mery Graciela, pequeñita ella, también tuvo su propia chita. Un gatito romano atigrado que llegó a casa envuelto en una chalina, dentro de las botas de don Laureano, en uno sus viajes de negocio hacia Lima. 

“Eusebio” se llamaba el felino en honor al nombre del chofer del camión que retornó a papá desde la capital con la diminuta carga. “Miyatitoooooo” exclamaba la niña Mery, cuando alguno de sus hermanos pikis se atrevía a poner manos sobre el minino.
Pero las mascotas o chitas que más identificación tuvieron con los hermanos Gómez de Tomacucho, fueron dos hermosas y silvestres huallatas o huashuas, que llegaron a casa en una tarde lluviosa de enero de los años sesenta.

Ángelo “Haya” Huallpa, veterano apoyo de mi señor padre, había logrado rescatar a los polluelos abandonados en los totorales de la laguna de Taccata, luego que sus padres habían caído bajo las balas de un mal Guardia Civil.

Ojos vivaces, alas siempre extendidas, patitas rojas, pescuezo con brillo permanente y un caminar enseñoreado y bamboleante, caracterizaban a estas aves que se integraron al hogar sin tener otra alternativa.

Mimados al extremo. Engreídos más que los polluelos o patejos que abundaban en huallpahuasi y la huerta familiar que reverdecía tras los Altos, las huashuas eran una atracción en Tomacucho. 

Crecieron a velocidad inusitada. Alzaban vuelo desde el layan que bordeaba el gran patio de la casa y aterrizaban en Qotomayo, en el estadio, en el patio de la escuela, en la plaza y bajaban hasta Itunez. Conocían las querencias de los Gómez y siempre andaban juntos. No eran pareja, eran dos machos, hermanos.

Cuando la familia se mudaba hasta Qahuapata para tomar leche y cosechar papas Qompis, las huashuas se sumaban al coro y eran felices en su hábitat. Volaban y sobrevolaban las pasturas de Qaraqara, Motoypata. Retozaban en los bofedales cercanos, en los pozos del río, buscando insectos, pastos verdes y semillas tiernas.

En las mañanas hacían de despertadores naturales pues sus graznidos característicos, agitaban al entorno familiar. En las tardes, a la hora del jesjento, buscaban la cercanía de los hermanos para que los lleven hasta el huallpahuasi, donde se habían improvisado nidos con paja y charamuscas secas.

Se confundían con las gallinas y patos a la hora de la merienda y se disputaban de igual a igual, el maíz o trigo que Julia les lanzaba con el lambramino “tacataca” en el gran patio de Tomacucho.

La tarde que uno solo regresó a casa, hubo duelo en la familia. Los hermanos lloramos la ausencia del par sospechando la fatalidad, que se confirmó al día siguiente. Buscándolo en las inmediaciones a Qahuapata, fue encontrado tieso, bajo la frondosidad de un pequeño bosque de marju. Había muerto atragantado con el pelo del caballo y no pudo hacer nada. 

Al sobreviviente lo llevaron a Taccata, en la idea que podía buscar una pareja y vivir al natural. Nunca más lo vimos. Cada vez que miro una huallata al visitar la hermosa laguna lambramina evoco la imagen de mis huashuas, mis huallatas de Taccata.

jueves, 15 de enero de 2026

JM Arguedas y el huayno lambramino

JM Arguedas y el huayno lambramino
Escribe, Efraín Gómez Pereira 

Lambrama, mi pueblo tiene, -al igual que otros pueblos andinos- una vasta riqueza cultural histórica poco valorada, poco apreciada y difundida con serias limitaciones. No hay promoción o estrategia pública que saque a luz o rescate tradiciones y costumbres que recrean la vida al natural de sus gentes que tampoco, lamentablemente, saben que son ricas, únicas y con enorme potencial.

Dos iglesias coloniales – Caipe y Lambrama- perennizadas en el cuasi olvido desde hace cuatro siglos; restos arqueológicos preincas escondidos bajo toneladas de tierra e ignorancia -Chaqnaya, Utawi, Qaraqara, Luntumarka, Chuqchupisqana-; creaciones artísticas que se hacen visibles solo en fechas emblemáticas, caracterizan a este distrito de Abancay, Apurímac.   

Las fiestas costumbristas lambraminas eran las de antaño. Tablacruz, Corpus Cristi, Patrón Santiago, Varamuday, Carnaval campesino, fueron catalogadas como expresiones vivas de gran renombre de un pueblo creativo y generador de cultura.

Varamuday, escenificación comunal que representaba el cambio de mando del gobernador, logró en los años sesenta y setenta del siglo pasado, galardones dentro y fuera de la región. Hoy es un recuerdo. En la actualidad, solo el carnaval campesino, llamado “autóctono” tiene alguna fuerza local que alcanza méritos en diferentes competiciones.

La música tradicional o popular, personalizada en el huayno, jarawi-huanca o qashua, es quizás, al igual que el carnaval, la corriente cultural que aun mantiene presencia creativa que nos enorgullece a los lambraminos. 

La “huanca”, es una representación comunal de antigua data que se hace en agradecimiento a la tierra, al agua, los Apus, en jornadas dedicadas a la siembra y cosecha. Las mujeres cantan a la vida, a los hijos, al futuro siempre agradecidas por lo que la tierra les brinda. Se canta también en jornadas familiares como wasichakuy, matrimonios, despedidas.

En cada una de ellas destaca la improvisación en los mensajes, acordes a cada situación. Hay una mamacha que lidera el dúo, trío o grupo que se acomoda al ritmo casi de inmediato. Es una ceremonia de mucho respeto y responsabilidad a donde no ingresan las que no sientan su valía. 

Los varones acompañan esta representación, respetando la primacía de las mujeres. Esperan el final del coro o de las pausas, para gritar ¡¡Chijo!! que viene a ser el complemento de hermandad y compromiso y de beneplácito porque se viene algo bueno para todos, la familia, la comunidad, el pueblo. 

Esta creación huaynera de Lambrama, fue seguramente la que llamó la atención de nuestro gran escritor apurimeño José María Arguedas, que en su joya literaria “Los Ríos Profundos” destaca “Cuando salía en la noche, los sapos croaban a intervalos; su coro frío me acompañaba varias cuadras. Llegaba a la esquina, y junto a la tienda de aquella joven que parecía ser la única que no miraba con ojos severos a los extraños, cantaba huaynos de Querobamba, de Lambrama, de Sañayca, de Toraya, de Andahuaylas, de los pueblos más lejanos… Luego regresaba a mi casa, despacio, pensando con lucidez en el tiempo en que alcanzaría la edad y la decisión necesarias para acercarme a una mujer hermosa; tanto más bella si vivía en pueblos hostiles…”

Esta revelación, grandiosa por su peso e importancia, y escrita hace más de sesenta años por el Taita Arguedas, la debo a la mirada acuciosa del gran periodista y mejor amigo, Miguel Ángel Silvestre que me posteó la cita y que le agradecí orgulloso. “Estoy volviendo a leer Los Ríos Profundos, del notable escritor y visionario José María Arguedas, y constato que menciona a tu distrito, Lambrama. Caminó por allí. Vale mucho. Sigue escribiendo.”, me dijo Miguel Ángel.

Busco y rebusco datos que permitan identificar qué huaynos lambraminos habrá cantado José María y no logro aterrizar. Quizás “Yunkay lorucha verde capacha, waiqo waiqon sara tukuikuq, amalla sonqoita suwallawaychu” (Lorito de la selva que acabas con el maíz del valle, no robes mi corazón); o “Waranhuay, qello waranhuay, pipaqrak qelloyashanki”. (Waranhuay flor amarilla, para quién te estarás poniendo amarilla”). 

Tal vez “Candatito aceromanta llavechayoq, piraq mairak quichallasunki”. (Candadito con llaves de acero, quién será el afortunado en abrir tu cerradura”). “Maitak maitak puka polleraiki, Lambrama fiestapi rantichikusjaiki; que tal lisura que tal vergüenza, iglesia qepapi chustichikusjanki” (Dónde está la pollera roja que te compré en la fiesta lambramina, que vergüenza te la quitaron detrás de la iglesia). Sea cual fuere el huayno, jarawi o qashua del relato arguediano, es un motivo grandioso que renueva nuestro gran orgullo de ser lambramino, wakrapuku.

Libros y lectura en Abancay

Libros y lectura en Abancay
Escribe, Efraín Gómez Pereira

La frase “Un pueblo que no lee está condenado a la extinción” de Mempo Giardinelli, periodista y escritor argentino, tiene un peso significativo en la tarea de “construir memoria histórica y conciencia, previniendo errores futuros y promoviendo la supervivencia cultural…”

Traigo a colación esta cita para valorar un reciente hecho que tiene ligazón con la cultura, la historia y la lectura; y con Apurímac. Tengo en manos libros publicados en los últimos meses, en Abancay, por apurimeños, que suman a una vasta producción literaria generada en nuestra región.

Los ejemplares han llegado a mi posesión, gracias a una antigua, terca y férrea costumbre que caracteriza a los lectores, o mejor dicho a quienes nos gusta leer: el canje. Años hace, cuando estudiaba en el colegio Miguel Grau, era ávido seguidor de los libros de bolsillo, llámese de vaqueros o pistoleras de Silver Kane, Marcial La Fuente Estefanía, Keith Luger (Miguel Oliveros), así como las de FBI o policiacas, que las encontraba en la céntrica peluquería Lux, concurrida por veteranos abanquinos, jubilados, exmagistrados, policías, etc.

Mi libro “Lambrama, miradas de nostalgia” fue “canjeado” por ejemplares de “El Entorno de Manuel”, de Manuel Azurín; “Así era mi pueblo”, de Santos Doroteo Borda; y “La Risa”, de Carlos Casas, y se convierten para estas fechas, en un reto a la tranquilidad en los viajes con destino al trabajo. Mientras el entorno de pasajeros está ensimismado en los celulares, mis ojos pasean por las páginas de estas obras descubriendo y conociendo aventuras, nostalgias, vivencias de sus autores, además de una selección amplísima de chistes y chascarrillos que no tiene fin.

Manuel Azurín, mi profesor en secundaria miguelgrauina, se explaya narrando sus propias experiencias como huancaramino, estudiante, universitario, docente, esposo, amigo, un ser con logros y errores. Es casi una confesión que nos permite conocer la intimidad de un hombre sereno, atento, disciplinado y, sobre todo, humano.

En 120 páginas, algunas ilustradas con fotografías familiares “El Entorno…” nos pasea por la experiencia personal del profesor de Biología, permitiendo acercarnos a una serie de aventuras que descuben a un hombre sencillo, como muchos. Hoy en el reposo del guerrero, Manuel viaja por diferentes lares, compartiendo su alegría de conocer nuevas experiencias, a través de sus visitadas redes sociales. 

Otro huancaramino, el sacerdote Santos Doroteo Borda, nos regala en testimonios personalizados, las vivencias de su niñez en el centro poblado de Aracahua, en el distrito andahuaylino de Huancarama, en el libro “Así era mi pueblo”. 

La narrativa está centrada en el quehacer de una familia tradicional dedicada a la agricultura y ganadería, en un pueblo que tiene similares costumbres y características que otras de la sierra, a través de la mirada acuciosa de un niño inquieto y observador. 

Festividades populares, que convocan a todo un pueblo, tradiciones que hermanan familias, costumbres que se arrastran por siglos con la misma fe y esperanza, vivencias convertidas en cuentos, vida rural, silvestre y tranquila, que nos ubican en escenarios donde no hay pobreza, sino riqueza natural que es envidia de foráneos, nos atrapan en sus 234 páginas.

Santos, el padre Doroteo, es detallista al exponer sus vivencias, obligándonos a leer y releer lo pies de página, donde se explican los alcances de algunas expresiones poco usuales y necesarias de aclaración.

Y para reírse hasta el agotamiento, hay que leer de a poquitos “La Risa, el secreto de la salud eterna” de Carlos Casas Suarez. Una compilación de chistes y chascarrillos creados, adaptados y adoptados por su señor padre el recordado empresario abanquino, Julio Casas Casas.

Miles de expresiones jocosas, chistes blancos y colorados, cuentos cortos, reflexiones que atrapan apenas se hojea el libro, conforman el texto de “La Risa…”, en más de 300 páginas hilarantes, que de seguro pasará a formar parte del propio repertorio de quien lo lee, para sacarle brillo en sus reuniones familiares, sociales u ocasiones que lo ameriten.

¿Interesante? Claro que sí. Se pueden conseguir con Manuel Azurín, 996725965; Santos Doroteo, 982820462 y; Carlos Casas, 985513040.

domingo, 9 de noviembre de 2025

Arturo Miranda Valenzuela

Arturo Miranda Valenzuela

Escribe, Efraín Gómez Pereira

En los años sesenta del Siglo pasado, la hoy transitada avenida Seoane, que sube del parque El Olivo hasta el ingreso al colegio Miguel Grau, en Abancay, era un terral por el que muchos estudiantes de ese entonces tenían que recorrer para llegar a las aulas ubicadas en Chinchichaca.

Ex grauino y gestor decidido, el alcalde provincial de esa época, priorizó su trasformación junto a otras obras de necesidad pública, y la convirtió en una arteria de doble vía, por la que, en más de seis décadas, millones de pasos de miguelgrauinos, de abanquinos, al igual que millones de vehículos de todo tipo, dejen sus huellas por esa ruta, una de las más recorridas de la ciudad de Abancay.

El alcalde gestor era el abogado Arturo Miranda Valenzuela, quizás una de las autoridades más ejecutivas y comprometidas que haya tenido la capital de Apurímac.

El Mercado Modelo de la ciudad, que nos acoge con sus tradicionales caldos de cuy o de gallina, sus jugos especiales y sus maicillos siempre crujientes, también fue levantado por gestión de Miranda Valenzuela.


Arturo Miranda Valenzuela, personaje destacado de Apurímac.

Durante el periodo del alcalde, que regentó la ciudad capital entre los años 1963 y 1966, se realizaron obras de envergadura que literalmente cambiaron el rostro de la ciudad de Abancay, la ciudad de los Pikis. 

Se puede mencionar entre otras, con cargo a alguna omisión, el mercado de Huanupata, la Circunvalación al Mariño, avenidas Juan Pablo Castro, Estudiante, Centenario, Daniel A. Carrión, Garcilaso, el parque El Olivo, pavimentación de calles y avenidas, obras de agua y desagüe; centro de Esparcimiento de Taraccasa, piscinas municipales, campo de tiro de Villa Gloria, local de la biblioteca y radio municipal, etc.

Como presidente de la Junta de Obras Públicas hizo presencia en todos los distritos de Abancay, y en las otras provincias del departamento, en especial con la construcción de carreteras y trochas carrozables, en una clara visión de desarrollo regional.

Un inédito resumen apretado de la prolífica hoja de vida de Arturo Miranda, realizado por el doctor Pablo Zafra, con información facilitada por su hijo, Ramiro Miranda Zamora, nos permite conocer a un personaje no solo dinámico como alcalde sino, a un profesional pleno de idoneidad y un político de principios y valores difíciles de emular.

Dirigente desde sus épocas estudiantiles, fue defensor de causas justas como oponerse al cierre de la escuela Normal de Abancay, promoviendo el primer paro regional en la historia de Apurímac, pronunciando sendos discursos en Abancay que accionaron el respaldo de toda la ciudadanía.

Fundó el Colegio de Abogados de Apurímac, en 1964, convirtiéndose en su primer decano. Cargo similar ocupó en Junín, en cuya ciudad capital, Huancayo, vivió durante muchos años.

Como militante aprista, fue elegido Diputado por Apurímac en 1962, y Constituyente en 1978, con la octava más alta votación a nivel nacional.  


Ante Víctor Raúl Haya de la Torre, juramenta como Constituyente.

Recientemente la municipalidad provincial de Abancay, en el marco de las celebraciones del centésimo quincuagésimo primer aniversario, rindió homenaje a la memoria de Arturo Miranda Valenzuela, develando un busto en el parque El Olivo, en señal de reconocimiento a su destacada trayectoria personal y aporte a nuestra ciudad.

Arturo Miranda Valenzuela, natural de Pichirhua, es un personaje que todo abanquino, todo apurimeño, debemos conocer y valorar en reconocimiento a su integridad y capacidad de trabajo por nuestra ciudad.