miércoles, 18 de enero de 2023

"Medalla de Lima" para José David

“Medalla de Lima” para José David 
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Fue una jornada cargada de emoción que terminó con la degustación de un jugoso pollo a la brasa, en el céntrico jirón Unión de Lima. El agasajado quería pollo con harta crema y no había vuelta que darle. 

En el día de Lima, invitados por la Municipalidad Metropolitana, llegamos a la Plaza Mayor, superando escollos de seguridad policial en las avenidas de acceso, necesarios por la ocasión.

Lima de aniversario tenía la visita de provincianos del sur del país, que llegaban en bloqueadas y piquetes, para la “toma de Lima”, exigiendo la renuncia de la presidenta de la República, Dina Boluarte y el cierre del Congreso. Seguridad por todas las esquinas.
José Williams, presidente del Congreso y Rafael López Aliaga, alcalde metropolitano, flanquean a José David y su Medalla de Lima. 

Lima en enero, es Lima en calor. Como buen serrano, aguanté estoico los ajustes de un terno de lanilla que sacudimos del ropero, pues la ocasión lo ameritaba. Accedí sin dificultades a Palacio Municipal, donde estaban José David, el homenajeado, y Gloria, su madre, tan o más emocionada que los propios.

La razón de la invitación a tan magna ceremonia era José David Gómez Pineda, mi hijo, quien recibiría la “Medalla de Lima”, máxima condecoración que otorga la Municipalidad Metropolitana, a personalidades que, por su calidad humana, trayectoria artística y promoción de los derechos de las personas con discapacidad, aportan a la cultura del país.

El reconocimiento fue entregado por el alcalde metropolitano, Rafael López Aliaga y el presidente del Congreso de la República, José Williams, durante la Sesión Solemne por el 448 aniversario de la fundación de Lima.
Papá orgulloso,  y quién no...

 Un impresionante marco de emociones que convocó ministros, congresistas, alcaldes, diplomáticos, y personalidades de diversas líneas que también, al igual que José David, regresaron a casa con su “Medalla de Lima” colgada al cuello.
 
El Salón de Sesiones del Palacio Municipal, ovacionó a los empresarios, emprendedores, promotores sociales y deportistas homenajeados: Carlos Añaños, Delfina Baylón, Jennifer Jiménez, Javier Musiris, Juan Pumayauli, padre Omar Sánchez, Julio César Uribe y Erasmo Wong.

José David Gómez, artista de 27 años, con Síndrome de Down, es un apasionado de la música, la danza y la actuación, y en los últimos años, ha paseado su arte y mensaje de inclusión, a diferentes escenarios del país y del extranjero, donde recibió el reconocimiento de entidades públicas y privadas. Ha viajado a Argentina, México, Ecuador, Colombia, Chile y Estados Unidos. 
Con Mario Ríos, presidente de Conadis 

En 2109, en Washington recibió el International Gold Excellence Awards, de Peruvian American National Council en reconocimiento a su labor como promotor de derechos de las personas con discapacidad a través del arte. En 2021, fue nominado como Joven del Bicentenario, por la revista Caretas, valorando su aporte a los derechos e inclusión. 

Con este nuevo galardón nacional, en el presente año espera volver a viajar fuera del país, representando a Perú y llevando su mensaje de aliento a más familias, a través de la música y la danza, artes que practica desde que tenía cinco años de edad.
Sí se puede...

Mi orgullo de padre reclama babero extra largo. Pues el mérito alcanzado por José David, a quien, a horas de nacido, algún médico desinformado le calculó muy poca existencia, rebasa todas las expectativas esperadas por el entorno familiar.

Es la evidencia de que un trabajo –sí, trabajo-, organizado, metódico, disciplinado y constante, puede alcanzar estos resultados. José David, hechura de su madre, Gloria, es un trabajador incansable por la vida. 

Desde los quince días de nacido ingresó a terapia física. Escuelas especiales y centros de tratamiento también especiales donde encontramos manos y mentes serenas que nos acompañaron en los primeros y constantes intentos; han permitido que este jovencito de 27 años, siga escalando y mostrarle a la sociedad, muchas veces hipócrita o inhumana, que la discapacidad no es incapacidad, y que el lema deportivo tantas veces arengado, también se aplica en este trabajo: Sí, se puede.

Ah, el pollo a la brasa fue pagado por José David, propina al mozo incluida. Muestra de que también genera sus ingresos propios. ¡¡Pásenme un babero!!

lunes, 16 de enero de 2023

Mis zapatillas Mitsuwa

Mis zapatillas Mitsuwa
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Tenía once a doce años de edad. La edad de las travesuras colegiales. La edad de los primeros aspavientos en arte del amor, aunque este sea platónico. La edad de la junta de compinches para hacer “cosas de grandes”.

El estudio comprometido, con la rigidez y dedicación de los maestros del Miguel Grau, era llevadero en todos sus extremos. Había que ser responsables y cumplir con las tareas, con los exámenes y tener tiempo dedicado, casi disciplinado, para los juegos.

Era la etapa de las competencias entre secciones. Había juegos rutinarios, como el fulbito y básquet, que ocupaban a la mayoría de mozalbetes. Había que ser inventivos para alejarse de la rutina. Como buen miguelgrauino, empujado por el “qué dirán” y la presión de los mayorcitos, apostábamos los goles en el Coliseo por vasos de chicha. Por caporales en El Carrizal, a escondidas, subrepticiamente.
Local de la GUE Miguel Grau de Abancay, escenario de la batalla infantil. 

A la hora del recreo, los cigarrillos Dexter Junior, salían de entre las medias para dejarnos envalentonados hacer argollas con el humo azul, subidos en un eucalipto “más allacito” de la piscina de Chinchichaca, que casi nunca tenía agua.

La alameda central de la avenida Seoane, que baja directamente hasta el óvalo El Olivo, servía para duras carreras de chapitas. Unas libres como el viento, otras cargadas con barro ocre seco o cáscara de naranja aplastada, para darle peso y estabilidad. No había prisa para llegar a casa.

A la salida, sobre todo los viernes, hacíamos de aventureros del medio oeste, para enfrentarnos en encarnizadas batallas con hondas y pepa de higuerillas, hasta que el equipo enemigo sucumba o se rinda. El campo de batalla era Plasticuchayoc, hoy parte de la gran y desordenada ciudad en que se ha convertido Abancay.
Muchachones de la Promoción 75, ante 3l mural del Coliseo del colegio Miguel Grau. 

Con todos estos ajetreos juveniles, interminables e inagotables, los zapatos de cuero “Made in Grauino”, hechos a mano y a medida, con planta de jebe y tachuelas de madera, para que aguanten el agua de las lluvias, apenas llegaban a setiembre u octubre. Llegaban, pero con boquerones en las puntas y con huecos en las suelas. Entonces no había más remedio que acudir a las zapatillas Mitsuwa, de la rayita azul, para usarlas como zapato de diario.

Una lavadita al paso y tiza blanca para hacerlas presentables, servían como mecanismo de camuflaje que escondía el gasto del uso diario, del cambio de color de blanco a gris. 

Una mañana de jueves, en el aula de Música, el profesor Bedoya, recio, bien peinado, siempre de terno verde petróleo, un perfume recargado y maletín de cuero eterno, ni bien ingresó al salón, con un gesto de repugnancia, olfateó mirando aquí y allá y lanzó: ¿Hay una llama en el salón? 

Todos mutis. Unos mirando a otros y los otros a los unos. “Salgan todos e ingresan uno por uno, descalzos. Los zapatos los dejan afuera”, ordenó Bedoya.
Fui de los primeros en salir. Sentía el mundo sobre mis espaldas. Sentía la mirada burlona de todos los muchachos sobre mi baja estatura. El mal olor de las zapatillas, el olor a llama, provenía de las mías. Y no me había percatado. Ya me había familiarizado. Qué vergüenza.

No regresé. Cargado de vergüenza y temor, tomé la decisión de abandonar el colegio. Me fui a los baños, para intentar lavar las zapatillas. No pude hacerlo. Al parecer nadie reparó mi ausencia y me fui a casa. 

Llorando de impotencia lavé las Mitsuwa, con jabón y escobilla de cerdas. Para el día siguiente no habían secado. Aun así, me las puse y me dirigí al colegio. No ingresé a ningún salón. La vergüenza me ganaba. Pasó el viernes. Esperé el lunes, para ver qué pasaba.

No pasó nada. Mantuve mi posición de abandonar las aulas. Salía de casa con dirección al colegio y sin que nadie me vea, me escondía y así pasaban las horas. Al cuarto día de mi aislamiento de la realidad, me encontró el profesor Vivanco, de matemáticas. Ya sabía del tema y me habló como un experto consejero. Me convenció de volver a las aulas, a la normalidad. Así lo hice y nadie dijo nada.

Cuando ingresé al salón de Vivanco, sentí que mis cabellos lacios se paraban de punta, y mis pocos bellos de los brazos se estremecían. Mi rostro quemaba. Me sentía más colorado que un camarón frito. Pasaron minutos que parecieron horas y me percaté que cada quien estaba en lo suyo.

Tomé aire, me relajé y mi mirada huidiza chocó con las del profesor Vivanco. “Gómez, por favor borra la pizarra” La normalidad me sacudió. Ya tenía puesto un zapato Bata, planta de jebe, chillando, que Laureano apresuró en comprar, cuando vio el desastre de mis Mitsuwa. Nunca le conté mi batalla de la que me rescató el “Chato” Vivanco. Cosas de niños.

viernes, 13 de enero de 2023

Epopeya del lambramino Marcelo Chuima

Epopeya del lambramino Marcelo Chuima
Escribe, Efraín Gómez Pereira 

Hay hechos suscitados en pequeños pueblos que con el paso de los años se convierten en leyenda. Lambrama en sus casi 200 años de existencia como distrito, tiene personajes notables, que destacan por haber alcanzado logros impensables, casi épicos. 

Laureano y Zenón, mi padre y tío, respectivamente, narraban extasiados, el orgullo que sentían de llevar el apellido Chuima, legado por su madre, doña Higidia Chuima Trujillo, una campesina quechua hablante de gran prestancia en Lambrama del siglo pasado.

El orgullo estaba relacionado a la capacidad dirigencial, paternal y humana de su tío Marcelo Chuima Trujillo, campesino también quechua hablante, y propietario de vastos terrenos comunales en Atancama, Sima, Utawi y Lambraspata, con presencia notoria en la quebrada de Weqe, bañada por las aguas del río Atancama.
Hermoso valle de Lambrama que integra Sima, Itunez, Weqe y Atancama. [Fotografia de Luis Yupanqui Pumapillo].

De niño, cuando vacacionábamos en la casa huerta de Itunez, gozando de leche fresca, queso, choclos tiernos, duraznos, nísperos, anteporotos y las rebuscadas naranjas agrias, subíamos hasta Weqe, para gastar el trasero de los pantalones vaquero, rodando a piernas sueltas, incansables, en una gigantesca piedra llamada Suchuna, un rodadero natural.

Era, al igual que las praderas de Unca ubicada en la misma cuenca, escenario de la fiesta de los Wakamarkay que don Laureano y los Chuima, organizaban en los meses de cosecha de maíz, cuando los vacunos de la familia bajaban de las punas a disfrutar de pastos y chala que eran abundantes en las quebradas, con Itunez como eje de referencia.

Hasta Weqe bajaban en otros momentos para abrevar, los toros que Laureano nos hacía cuidar en las pasturas de Jukuiri y Cuncahuacho. Íbamos tras ellos, huaraca en mano o pajareando pichinkos, con hondas de jebe hechizos, en un ambiente de vida tan natural que no conocía horarios, menos preocupaciones.
Atancama, comunidad lambramina, escenario de la semblanza histórica. 

Weqe era, asimismo, lugar de relax tras los juegos infantiles que disfrutábamos en las laderas de Calizfaccha, desde donde corríamos, cuesta abajo, montados en hojas de cabuya o paqpa, hasta darnos de pies, rodillas o siki, contra las pirkas de piedra que resguardaban del río. Travesuras inolvidables.

Este escenario maravilloso del recuerdo, fue cuna de Marcelo Chuima Trujillo, el tío abuelo a quien evocamos en esta breve semblanza. A inicios del siglo pasado, Lambrama era un pueblo pequeño, ordenado, organizado y aparentemente pacífico, donde todos vivían en armonía comunal.

Como en otros pueblos de esa época, las brechas entre ricos y pobres, entre mistis y cholos e indios, eran naturales, parecían naturales. Los abusos cometidos por los hacendados, por las autoridades, por el propio “gobernador” –que era casi el dueño del pueblo- parecían no molestar a nadie. Era en pan de la normalidad. 
Lambrama pueblo apacible, de gente trabajadora y solidaria.

Los cholos que aspiraban a formar familia, debían cumplir con atender al gobernador, entregándole sin pago alguno, toros, vacas, caballos, ovejas, cerdos, gallinas o cuyes. También trabajar en sus chacras, dejando de hacerlo en las propias. Era una obligación impuesta por las costumbres, sino serían sometidos a sanciones y castigos.

Marcelo, un hombre fortachón, decidido, inteligente y calculador, veía esta realidad con extrema preocupación. “Abusivos, carajo”, mascullaba en su soledad, rumiando alguna acción que ponga coto a esa realidad.

Y se presentó la ocasión, hace más de cien años. Con prepotencia y abuso de poder, el misti Bautista Tello, a través de leguleyadas y favoritismo de las autoridades locales, se apropió de amplios terrenos agrícolas de Marcelo, en Sima y Utawi, formalizado el accionar con decisiones judiciales tanto en Lambrama, Chalhuanca, Abancay y Cusco.

Al conocer el fallo, Marcelo cerró los puños y apretó los dientes hasta ponerse colorado. Pensó en mil cosas para ir con todas sus fuerzas para recuperar lo suyo. “Imatak caraju, ñoqapan chai allpacukunaqa”, apuntaría como base de su batalla que daría que hablar en los siguientes meses. Lambrama y los lambraminos se verían conmovidos.
Utawi, terreno comunal que hace más de cien años fue disputada judicialmente. 

En Cusco fue amenazado de muerte si persistía en el caso. Regresó a Atancama y por varios meses vivió escondido en los montes. Al mismo tiempo acumulaba documentos que respalden su posición de propietario. Juntó a la familia y les informó su decisión de viajar a Lima, en busca de justicia. Algunos lo apoyaron, otros le tildaron de loco.

Con esa mirada inicia una epopeya digna de ser contaba en mil idiomas. Acompañado de tres paisanos, uno de ellos, un Peralta de Urpipampa, empieza una peregrinación hacia Lima. A pie, de día y de noche, por tres meses. Sus alforjas cargadas de maíz, charki, queso, molidos, y sobre todo de fe y esperanza, se apretaron en las caronas del chusco criollo en una dura travesía que cruzó el río Pachachaca, Andahuaylas, Ayacucho, Huancayo y Lima, superando gélidas temperaturas de las punas y el seco calor de la costa. En el camino tuvieron que hacer charki del caballo que de tanto esfuerzo había muerto.

El centro de operaciones de Marcelo fue la plaza San Martín, durante dos meses. Allí se juntaba con algunos paisanos ya afincados en Lima, quienes al enterarse de la osadía del lambramino, acudían prestos a ayudar, a colaborar “aunque sea con alguito”. Allí conoció a un abogado cusqueño que enterado del caso se ofreció ayudarlo sin costo.
Atancaminos en la plaza de la Comunidad. 

El primer escrito presentado ante la Corte Superior, resolvió el caso en favor de Marcelo. Los magistrados, con las evidencias documentadas que expresaban abuso y usurpación de propiedad declararon nulo todo lo actuado en Abancay y Cusco, y con el sello lacrado por la orden judicial, la epopeya de Marcelo Chuima, coronó el cielo. Además, logró que el Estado peruano le brinde garantías personales a Marcelo y familia. 

La tinka con cañazo, por los apus Utawi y Chipito, selló el logro inimaginable, pues apenas llegado a Lambrama, tras otra travesía también de varios meses, recuperó sus tierras y otras más, convirtiéndose en un pequeño gamonal. Lambrama y la justicia lambramina marcaron un antes y un después. Elevaron el color de la justicia hasta las alturas. Dicen que las nieves perpetuas que acariciaban la cresta del Chipito brillaron como nunca antes y el sol andino reverberó por varias semanas. Desde esa fecha, que no tiene calendario marcado, Marcelo es una leyenda y orgullo de los Chuima de Weqe, de Atancama y de Lambrama.

domingo, 8 de enero de 2023

Mis abuelos en el recuerdo

Mis abuelos en el recuerdo
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Resulta difícil generar un árbol genealógico cuando no se tiene a mano los documentos que acrediten los orígenes y existencia de los ancestros, sino testimonios variados y aislados. En mi caso, lo más cercano que pude llegar fue hasta mis bisabuelos y abuelos, con información basada en recuerdos de mis tíos Zenón, Antero y Virginia.

La fotografía que ilustra esta nota corresponde al casamiento de Laureano y Dora, mis padres, tomada en las afueras de la casa de los Pereira, en Lambrama, hace más de siete décadas. Aparecen para la posteridad, José Rafael Pereira, Dora y Celestina Tello; Julián Gómez Gamarra, Laureano e Higidia Chuima Trujillo. 
José, Dora, Celestina. Julián, Laureano e Higidia, los abuelos y padres de los hermanos Gómez Pereira, de Lambrama. 

Es innegable que para la época, esta unión rompía esquemas. Mistis e indios, formando familia, era casi inconcebible, más aun en un pueblo pequeño donde todos sabían lo de todos. La llegada de Laureano al entorno de los Pereira tuvo que sortear serios cuestionamientos. Los Pereira, con un corte de abolengo casi racial, habrían negado en un principio esta osadía de los Gómez, indios quechua hablantes, pero con una presencia social y económica de especial connotación en el ámbito distrital.
Laureano y Dora, flamantes esposos, hace más de setenta años. Inolvidables. 

La ventaja que llevaba Laureano, era que se trataba de un mozo atrevido, informado. Conocía Lima, licenciado del Ejército, sabía de negocios. Con quinto de primaria, era un cholo-misti bien hablado y firme en sus aspiraciones y decisiones. Dora sumó con creces a la decisión, marcando su propio deseo que finalmente se impuso. Venció el amor.  

Laureano y Dora, edificaron sus raíces en Tomacucho, en una casa grande habilitada por Julián e Higidia, y levantando en los primeros años, la residencia de Los altos. Allí se formaron sus cinco hijos, los hermanos Gómez Pereira.
Laureano y sus hijos Gómez Pereira. 

El bisabuelo materno, Martín Pereira era un próspero negociante de abarrotes y propietario de terrenos agrícolas. Un hacendado. Con raíces en el poblado de Pacobamba, en el distrito andahuaylino de Huancarama.

José Rafael, el abuelo, fue hermano de Arturo y Costantino, blancos, altos y de buena presencia. Era un tipo muy apuesto, un caballero. Siempre al terno, servidor de la agencia de Correos que en Lambrama tenía una oficina. Recuerdo que llevaba bigotes bien cuidados; un reloj Longines cruzado en su chaleco. Un bastón inseparable y un sombrero de pana oscuro. Su conversación era muy dulce, seseaba las palabras dándole un especial énfasis. “Buenos días, papá”, era mi saludo.
José y Celestina, los abuelos en memorable 
fotografía familiar. 

Celestina, mi abuela materna, era una mujer menuda. Muy serena. Llevaba lentes oscuros y un sombrero de paja que bailaba al son de su caminar. La visitaba a propósito buscando sus galletas de animalitos y sus caramelos Perita y Monterrico. Me gustaba el lonche con pan común y leche hervida que preparaba en una cocinilla eléctrica, que se sonrojaba hasta no más poder con la energía procedente de Plantahuasi. 

En su huerta, que bordeaba la casa grandota levantada al costado de la iglesia San Blas, hacíamos el gana-gana por lograr las frutillas que crecían a su libre albedrío bajo las pircas de piedra o en los cantos de las acequias. Otros tiempos, sin duda.

Por el lado paterno, Julián, el abuelo, era según los testimonios, prole de un Inca. Fernando, el bisabuelo, era un indio terrateniente cuyas propiedades abarcaban desde la plaza, Ccotomayo, Occopata, Pampacalle, Chacapata y Tomacucho. Casi un tercio del centro urbano era su dominio. En las afueras del pueblo tenía propiedades muy personalizadas como Gomezmocco, Gomezpata, Gomezpampa, Yucubamba, Ccaraccara. Su madre, Apolonia Gamarra, era natural de Anta, Cusco, hija de un soldado arequipeño que tras la guerra recaló en Lambrama, huyendo con una hija de tres años.
El abuelo Julián, de mediana estatura, pero de fuerza hercúlea. 

Fue de los primeros lambraminos en tener un vaquero encargado de cuidar sus manadas de reses y tropas de caballos en las alturas. El vaquero era un indio que se asentaba con toda su familia en una choza levantada en las punas, para hacerse cargo de la custodia de los bienes de otros.

Julián, era un hombre de baja estatura pero de fuerza hercúlea, peleador, capaz de levantar con el dedo meñique un odre con un quintal de aguardiente. Era un viajero contumaz, un arriero, que se aventuraba llevando y trayendo, a lomo de mulos, carne seca, cecina, aguardiente de caña, café, cacao, coca, chocolate, chancaca, vinos, machas secas, cochayuyo, en periplos que duraban meses desde Lambrama hasta Cusco, Quillabamba, Puerto Maldonado, y por la costa, Chala y Acarí, en Arequipa.

Lo recuerdo sentado sobre un pellón de lana en la entrada de la cocina, en Tomacucho. De raleadas barbas, escondía, sin embargo, un frondoso bosque de pelos blancos en el pecho. 

Higidia, la abuela paterna era una mujer quechua hablante, grandota y delgada. Nunca dejaba el mantón y sombrero tejidos con lana de oveja. Preparaba unas lawas de chuño o chochoca de sabor incomparable, con hojas de muña como su secreto. Alguna vez la miraba fijamente el rostro tratando de ver las marcas dejadas por las secuelas del sarampión y su reacción severa en un quechua también severo: “¿Qué me miras, acaso hay pelea de toros en mi cara?”
Con mis hijos, ramificación del árbol lambramino de los Gómez Pereira.

Con raíces abanquinas por los Trujillo, el apellido Chuima procede de Patapata, en Chuquibambilla, Grau. Hija de Rosa Trujillo, madre soltera natural de Payancca, se dice que un criador de llamas, un llamichu rico de Patapata, la adoptó como hija concediéndole el apellido Chuima.

Los abuelos son parte importante en la formación de las generaciones familiares. Sus raíces tienen cimientos que soportan troncos y ramas que seguirán extendiéndose en el tiempo. Vale la pena mirar el pasado, aunque sea el más cercano, para sentir orgullo de nuestras raíces. ¿Y quién no?

miércoles, 4 de enero de 2023

Padre-madre, una elevada responsabilidad

Padre-madre, una elevada responsabilidad
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Ver crecer a una niña sin la presencia de su madre, supliendo esa ausencia en todos los menesteres, es una tarea que deja una marca indeleble. Lo saben los que cumplen el rol de padre-madre o de madre-padre, respondiendo a los retos del destino.

Desde hace siete años, me toca desempeñar esa tarea, viendo por Dora, mi menor hija, en su proceso de formación educativa, desarrollo y crecimiento personal. 

En diciembre 2016, a través del Facebook, posteaba un texto que marca el inicio de esta bella y dura ¿dura?, etapa de mi vida. “Te vas 2016. Te llevaste mi bálsamo, mi Nega del Alma. Me dejas el reto de ser padre y madre. Lo estoy haciendo con el soporte de mis hijos, mi familia, mis amigos. Con tu recuerdo, Mavia. Con la fuerza que me da el Señor. 2017, aquí estoy. Sereno, pisando tierra. Sé que lo lograré”.

Dora y su promoción 2022 del Innova Schools de Chorrillos. 

Tremendo reto por supuesto, sabiendo que debía afrontar el trabajo de guiar a una menor niña de diez años, por la senda correcta. Con temor y serenidad al mismo tiempo, en la obligada soledad de pareja, pisé firme y sin desmayar en mis responsabilidades de padre, cumpliendo asimismo los compromisos laborales, que aseguren el sustento familiar, asumí el trabajo sin ningún miramiento.

La brecha generacional nos enfrentó en una serie de temas rutinarios. Como padre e hija, o mejor dicho, como amigos, supimos valorar cada uno de los contratiempos presentados, a muchos de los cuales no tenía idea centrada de cómo afrontarlos. Y sigo aprendiendo.

Nerita, la tía engreidora, siempre pendiente.

Pasaron los años con la certeza que hemos construido una base sólida de confianza. Se de sus gustos en lectura, música, vestimenta, comida. Conozco sus fortalezas y debilidades. Leo con mucha anticipación sus caprichos –que no son pocos- y me preparo para no dejarme “sorprender”. Cuando digo “no”, simplemente es no. Sin reproches ni reclamos. Y ella lo asume, desde siempre.

En la amistosa y fraternal confianza que hemos edificado nunca hubo –ni lo habrá- algún atisbo de violencia, tan común a muchos hogares. Algunas escaramuzas de atención, que se sellaron con una sonrisa, un abrazo o un beso. “Te amo, papi”, y se acabaron las rabietas.

En casa prefiere la intimidad e independencia de su cuarto. Pero cuando hay necesidad de hacer lo necesario, como la limpieza, está ahí, decidida. Admiro esa independencia, que la ubica en el mismo umbral de su madre. Al igual que su seriedad y serenidad.

Ha copiado gestos muy personales de su madre, como dejar sus zapatos desordenados, estornudar sin estridencias, darse de golpecitos en el brazo en lugar de rascarse, usar colonias muy suaves, andar en pijama dentro de casa, usar ropa suelta de colores enteros, preferir dulces y helados; en fin, es la presencia de Mavia en gustos y tallas.
Padre e hija, amigos en el aprendizaje. 

Todavía con su madre, tuvimos la mejor decisión de escoger un buen colegio para su formación educativa. Innova Schools de Villa, en Chorrillos, fue su centro de estudios desde inicios de primaria, y donde acaba de culminar la secundaria con gran satisfacción para ella y para su padre-madre.
Valores personales, disciplina, ética, buen nivel de análisis y debate, responsabilidad en la formación académica, comunicación permanente; son las marcas dejadas por el colegio en la personalidad de mi hija, lo que fue posible gracias a un entorno empático entre las autoridades, docentes, tutores y compañeros de estudio.

Amistad colegial que seguramente se fortalecerá con los años.

El paso por el colegio es un tránsito inolvidable, el que sella amistades para toda la vida. Dora ha logrado cosechar muchos amigos con quienes comparte sus aventuras y sueños de adolescente, pero destaca una cara y muy cercana con Ysabella, con quien seguramente seguirá en estos trotes a pesar de la lejanía diaria. Seguirán chateando hasta de madrugada, estoy seguro.
 
En breve, Dora iniciará una nueva etapa en su formación de vida: la universidad. Como muchos de su promoción, aun cursando estudios en el último año, ingresó a la universidad, dejando evidencia de lo señalado líneas arriba; el resultado de un buen nivel académico logrado en su colegio.
Muy pronto a las aulas universitarias.

En este paso trascendente fui gratamente sorprendido por mi hija. En secreto, había gestionado todos los trámites para el examen de ingreso. Ya en las horas previas me avisa para que esté atento. Y sí que lo estuve hasta el abrazo entre lágrimas, cuando leímos juntos el mensaje: ¡Felicitaciones, Dora. Ingresaste!, que celebramos entre llantos y sonrisas recordando en homenaje a Mamá.

Corresponderá a la madurez y responsabilidad que Dora vaya asumiendo en los próximos años, para que el reto planteado tenga un peldaño asegurado. Como padre, confío en la capacidad de mi hija, en el respaldo de sus hermanos, Efraín y José David; sus tíos y tías, que están pendientes, como Nerita, su entrañable tía.

Con este testimonio personal, mi homenaje a aquellos hombres y mujeres que enfrentan y afrontan la sublime tarea de ser padres y madres, o madres y padres, como es el caso de Gloria, la madre de mis hijos.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Una sonrisa navideña en Chirhuay

Una sonrisa navideña en Chirhuay

Escribe, Efraín Gómez Pereira

¿Cómo sacarle una sonrisa a un niño de zonas rurales, en quien muchas veces nadie repara, no reparamos? ¿Un chiste, una cosquilla, otra sonrisa? Noel León Echegaray, lambramino de Chirhuay, tiene la clave: Amor, afecto y abrazos acompañados de un regalo navideño.

Esa clave se repitió el domingo pasado, por quinto año consecutivo, en la antigua y aún vigente casa hacienda de la familia León, en Chirhuay, hermoso y pintoresco paraje ubicado en la ruta carretera que une Abancay con Lambrama, donde se desarrolló la Navidad del Niño Lambramino.
Niños lambraminos sonriendo por Navidad, con la familia León. 

Todo estaba programado con mucha antelación. Los regalos enviados desde Lima, por un dinámico, entusiasta y comprometido Franklin, los ajetreos para hacer las canastas con juguetes, regalos, panetones, chocolatadas, a cargo de Iván y Noel, primos más que primos, hermanos, causas; la alegría de los payasos, la custodia policial, todo estaba garantizado. 

Los hermanos León Pareja y León Echegaray, cada uno con sus respectivas proles de hijos, sobrinos, primos, amigos, sumando ganas y voluntad para que la Navidad del Niño Lambramino se desarrolle en calor festivo en las intimidades de la casa hacienda. Chirhuay ya estaba en los planes navideños de la familia León, antes que las bullas políticas alteraran muchas actividades. Ningún paro o bloqueo de carreteras podía detener ese compromiso felino. Y así fue.

“En medio de la incertidumbre política, mientras hay un descanso de gritos exaltados y violencia; en Chirhuay la familia León, recibió con entusiasmo a los niños de Sunchu, Soccospampa, Urpipampa, Siusay y poblados aledaños, para darles alegría, sonrisas y esperanzas. Con satisfacción en nuestros corazones, vimos muchas caritas de felicidad, llenas de esperanza y amor con la ilusión por la llegada de nuestro Niño Dios…”, resume Noel, el entusiasmo familiar.
Los promotores, por quinto año consecutivo. 

Destacamos este ejemplo de solidaridad empujado por el desprendimiento de una familia que no olvida sus raíces, su pasado. Es, sin duda, una lección y homenaje a las enseñanzas del patriarca Máximo León Pinto, el inolvidable abuelo que hizo de Chirhuay, una posada para la familia, para el andariego, para el vecino, de eso hace varias décadas. La casa hacienda está en proceso de rehabilitación para que, conservando su arquitectura original, se recupere no solo para la familia, sino para todo aquel que busca conocer la historia, el pasado.

Este gesto navideño de los León en Chirhuay, también se repite con otras familias lambraminas, que con la misma intención de sacarle una sonrisa al niño de su pueblo, convoca y organiza chocolatadas y entrega de regalos, en diferentes comunidades de Lambrama.
Los Leones de Chirhuay en Lambrama 

Chirhuay no solo es el sello-escudo de una respetada y reconocida familia que desde inicios de los años 1900 afincó en esa belleza natural, rodeada de bosques de retamas y eucaliptos y matizada con los cantos sonoros de las aguas cristalinas del río Lambrama; es también foco central de una estrofa del huaino “Candadito”, que viene a ser el himno de los lambraminos: “Kantak kanki triguchamanta, ñokatak kasak cevadamanta… Kuska, kuska purachallata, Chirhuay molino, kutallahuasun”.

El huaino evoca a una reliquia pétrea ubicada en el punto que hoy se denomina precisamente Molino, que antes estaba dentro de los linderos de la hacienda. El molino de Chirhuay es por hoy, solo canción hecha huaino. Nadie sabe dónde se encuentra. Talvez atrasada por algún inescrupuloso que lo enajenó, o talvez enterrado bajo tierra y piedras del olvido.
Tarea para los Leones y para los lambraminos que aman su tierra, poner en agenda la búsqueda de esa riqueza cultural, de valor terráqueo y sentimental, pero también de peso histórico y cultural. Ojalá alguna autoridad comunal o edilicia se apunte en esta tarea que podría tener un final feliz. Mientras tanto, sigamos el tono de “Candadito”, con el dúo Lambralma, de Dino Pereyra y el desaparecido y recordado Lucas Molina.

martes, 6 de diciembre de 2022

Honorato, el "embajador" de Lambrama

Honorato, el “embajador” de Lambrama
Escribe Efraín Gómez Pereira

Hace más de seis décadas, en Tomacucho, tradicional barrio de Lambrama, nacía quien se convertiría en comprometido periodista y escritor de su pueblo. Ese mismo año, un mozalbete impetuoso con una carga de esperanzas, con ilusionados 18 años de edad, llegaba a Lima, al barrio Caja de Agua, en San Juan de Lurigancho, cuando era apenas un bosquejo de asentamiento humano plagado de esteras y sueños de provincianos atrevidos.

Efraín y Honorato – Honorato y Efraín, sesentón y ochentón, periodista y embajador, se conocieron en un domingo de fiesta navideña convocada, tras la pausa obligada por la pandemia, por la dirigencia de los residentes y el club Amigos Unidos, integrado por lambraminos e hijos de lambraminos que radican en la ciudad capital.
Honorato, embajador lambramino en Lima

Llamó la atención que los organizadores de la cita distritana, rindan homenaje a Honorato entregándole una fotografía enmarcada en un cuadro y un polo distintivo del club deportivo, liderado por el pasqueño (lambramino por derecho) Faustino Ramos Valer, entusiasta motivador de jornadas deportivas que hermana a los lambraminos limeños. En la reunión se compartió chocolatada, panetón, canastas y una sustanciosa pachamanca entre los asistentes.

Con 82 años bien vividos, Honorato Barahona Ccanre, lambramino del barrio de Pampacalle, era reconocido por haber sido uno de los promotores, gestores y líderes de las organizaciones locales, sociales, deportivas y culturales de paisanos en Lima, y a quien muchas generaciones le prodigan respeto como al hermano mayor, al guía que supo encaminar no solo a su familia de seis hijos, nietos y bisnietos, sino a numerosos llactamasis afincados con penurias y esfuerzos en esta Lima de todas las sangres.

Zoilo Gamarra Espinoza, se refiere a Honorato como el embajador natural de Lambrama en Lima. Su vivienda, una modesta casa levantada entre las primigenias rocas de Caja de Agua, era centro de llegada, hotel, alojamiento temporal o pasajero de lambraminos, que como el propio Honorato, llegaban a Lima, en busca de coronar sus propios sueños.
Lambraminos en Lima, colonia siempre unidos y solidarios.

Honorato debe ser, es de los primeros lambraminos que llegó a Lima para asentar una familia, haciendo de su residencia una especie de consulado para quienes siguieron su ruta. Caja de Agua era el centro de operaciones para los recién llegados, jóvenes sin formación educativa o con estudios de primaria inconclusos, en su mayoría jalados por sus propios familiares o amigos de generación. 

De ahí saltaban a buscar el sustento necesario en los barrios de Lima, en el Parque Universitario, en la Plaza Unión, avenida Abancay, mercados y paraditas de distritos y barrios periféricos. 

En la casa o embajada de Caja de Agua, se consolidaron muchas parejas de lambraminos, convirtiéndose Honorato en “padrino de facto” de algunas de ellas. Las uniones matrimoniales se sellaban con cajas de cerveza y comilonas sin límites. Otros tiempos, sin duda.

Años después, sería Puente Nuevo, también en San Juan de Lurigancho, el nuevo escenario de la concentración de una gran colonia de lambraminos establecidos, rememora Zoilo, quien también es otro pionero emprendedor exitoso en Lima.

Esos lambraminos han forjado proles, generaciones de hombres y mujeres, que mantienen emotivo arraigo con el lugar de origen de sus padres: Lambrama. Viven Lambrama cada vez que se pueda, en reuniones familiares, cumpleaños, bodas, encuentros deportivos, carnavales, en sabor a chicha, caldos, chuño, cuyes y, sobre todo, el calor inconmensurable de la sincera amistad.

En silla de ruedas, apoyado con la mano amorosa de una de sus hijas, Honorato, el viejo T’asta lambramino, que nos regala una mirada de Neruda, sonríe y agradece la deferencia y degusta una cerveza helada en vaso descartable. “Por qué a mí”, se cuestiona con humidad y sigue sonriendo.

Con voz temblorosa y ronca, responde mirando hacia arriba, que extraña a su Rosa de toda la vida. Su esposa y amiga, la madre de sus hijos, Rosa Sánchez Ventura, también lambramina, la dejó en dolor y recuerdos, durante la pandemia.

“Quisiera ir a Lambrama, a comer quesillo, chuño, ccollapapa y mirar las chacras, disfrutar del aroma de los eucaliptos y cumayos, de la tierra mojada por la lluvia, de la sombra del Chipito; y, por qué no, buscar alguna pashña”, bromea soltando una carcajada apretada que se confunde con las risas de los vecinos. Su hija lo mira y frota con delicadeza su cabeza que expone una notable calva.
Zoilo y Remigio, lambraminos celebrando Navidad. 

Con Honorato existe una legión de viejos lambraminos que hace sesenta, cincuenta o cuarenta años, echaron raíces en Lima, en San Juan, Comas, Villa El Salvador, Pamplona, Villa María, Ate. Muchos de ellos ya no están con nosotros. Han dejado otra legión de hijos y nietos, muchos destacados profesionales, empresarios que miran a los cerros San Cosme y San Cristóbal, y hacen la t’inka, imaginando que están ante el Apu Chipito o K’aukara.

Salud por Honorato y todos los Honoratos que han dejado huella entre los lambraminos.