miércoles, 21 de agosto de 2024

Lambrama y las sunjadas en Michihuarkuna

Lambrama y las sunjadas en Michihuarkuna 
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Tendría seis años y cursaba los primeros grados de primaria en la escuela fiscal de Lambrama, levantada en una visible esquina de la plaza de Armas, codeándose con la colonial iglesia San Blas, de las históricas campanas del Chincapun. La profesora Esther Pinto, dama de señorial porte, nos ilustraba de valiosas enseñanzas que marcaron nuestro derrotero impregnado de respeto y responsabilidad.
La camarilla de estudiantes era disímil en varios aspectos. Los hijos de mistis del pueblo y de anexos cercanos, iban con zapatos de cuero, ropa planchada, camisas con flecos, pantalones cortos y con tirantes, cabello cortado y cuidado. Los hijos de los campesinos residentes en el pueblo con zapatos de jebe, ojotas y trajes raídos; y los hijos de los campesinos foráneos, es decir, los que iban de otras comunidades, igualmente con ojotas y trajes usados, pero con la particularidad que estos llevaban como “lonchera”, una suisuna o mantel de tela gastada, con porciones variadas de mote, papa, queso, charki y otros complementos a los que daban curso al mediodía. Las clases se dictaban mañana y tarde.
Este pasaje, hoy asfaltado, era lugar de encuentro de amantes lambraminos.

Las niñas, trajeadas de falditas de colores, mandiles, hasta mantones, zapatos con hebillas y pasadores, y otras con ojotas y detalles floridos que diferenciaban al de los hombres. Bien peinadas, trenzadas y colas amarradas con cintas de colores o hilos de tejido. Todas limpias, presentables y buenasmozas.
La limpieza era una obligación primordial. Los dormilones, hombres o mujeres, que llegaban sin el aseo matinal, sucumbían ante la severidad de la profesora, que les enviaba a Qotomayo a lavarse la cabeza y regresar bien peinados. Algunas niñas que llegaban chascosas o desaliñadas eran peinadas por la misma profesora y sus cabellos amarrados con hilos tejidos de pakpa o cabuya. Nunca más aparecían desordenadas.
Otra de las diferencias sustanciales, muy evidentes entre los estudiantes, era la edad. Había niños de seis y siete años, así como adolescentes de doce a quince, hasta jóvenes de veinte. Todos compartiendo el mismo salón, las mismas enseñanzas, las mismas obligaciones.
Antes del mediodía se servía leche con avena y panes preparado por la tía Balvina y un par de mujeres que hacían de ayudantes. Había una habitación que guardaba potes de harina, aceite y leche en polvo con el sello “Alianza para el Progreso” donación del gobierno norteamericano. Los panes salían de las panaderías Milla o Yupanqui y eran sabrosos. Generalmente mi ración la compartía con un niño “foráneo”, algunas veces le llevaba a casa para almorzar.
Los juegos eran diferentes. Los menores dedicados a los tiros, trompos, farfanchos y los más grandes al fulbito, a las chapadas y a mostrarse ante las grandotas, ya en afanes de conquistadores. Al menor descuido de las jovencitas, iba el galán aficionado a darle una “sunjada”, que era pasar la barbilla por la frente de la mujer, en señal de amor. La sunjada representaba al actual beso de los enamoramientos. La susodicha se reía a carcajadas en señal de aceptación o reaccionaba con un sonoro lacyaso o sopapo sobre la cara del atrevido. “Ala he, ala he, Mariucha he” murmuraba el coro de la tribuna ante el fracasado.
En los descansos de mediodía, que se extendía por dos horas, y después de clases, a las cinco de la tarde, cuando los jesjentos anunciaban el final del atardecer, las sunjadas del juego, subían de calibre y temperatura y se trasladaban a Michihuarkuna. A escondidas, él por una ruta, ella por otra, iban al pasaje de tierra y piedra, un camino de herradura, cubierto de eucaliptos, arrayanes, layanes y marjus, que llegaba desde la plaza hasta el río, por el puente Huallpachaca o por Huayqo, a dar rienda suelta a sus acalorados momentos, siguiendo el ritmo de las hormonas alborotadas y con la seguridad de que el paraíso estaba en ese desolado lugar; el nido de amor de muchos principiantes.
Cuántos lambraminos y lambraminas, conquistadores y conquistadas, lugareños o visitantes, tendrán en Michihuarkuna, la marca del primer amor, de su primera vez. Hoy Michihuarkuna, de los avatares amatorios de antaño, es una vía rápida, asfaltada y moderna y los galanes de la juventud actual solo saben de su trascendencia por los relatos de sus mayores.

jueves, 15 de agosto de 2024

En brazos de Dora, mi eterna Madre

En brazos de Dora, mi eterna Madre

Escribe, Efraín Gómez Pereira

“Paín, ese retrato tuyo en brazos de nuestra Madre, es el mejor regalo que te ha dejado”. Esta cita corresponde a un comentario hecho por Mery, mi querida hermana menor, a la fotografía que acompaña esta nota y que fuera colgada en mi muro de Facebook, recordando un año más del fallecimiento de mi señora madre.

“DORA, mi inolvidable Madre. Te recuerdo como todos los días, hoy con una oración evocando tu partida, hace varias décadas, cuando mis hermanos y yo éramos pequeños”, decía el lacónico texto del 5 de agosto pasado.

Mamá y Paín, como me llamaban de niño. Y foto original, con Laureano.

La cita me obligó a revisar archivos en busca de fotografías similares de mi madre con alguno de mis hermanos. Manan, no hay. Solo una de Genaro, el mayor de los Gómez Pereira, de Tomacucho, cuando era aún niño, en casa de los abuelos en Uraycalle, Lambrama.

La fotografía enmarcada la tengo en casa, como una reliquia invalorable, a la que oteo de vez en vez, o cuando mis penas y pesares me remontan a la infancia lambramina, en la que Dora tiene lugar preponderante. Sus escasos recuerdos y el calor de madre, del que gocé muy poco, llegan en avalancha sacudiendo emociones.
                                           
¿Cuánto valor puede tener un abrazo graficado en una fotografía y cuál la explicación para entender su peso personal, familiar? Una imagen vale más que mil palabras, dice el viejo adagio que resume, para quien la quiera ver, el contenido de una imagen que no necesita titulares, pies de página o leyendas. Hablan por sí solas.

De acuerdo con la data, la fotografía fue tomada en Lima, año 1961. Yo tenía tres años y era el engreído de mis padres. Fue un viaje por la salud de Dora y en la que se aprovechó hacer compras de telas y ropa en las galerías del mercado Central. Contaba mi padre, don Laureano, que al reflector de los flashes que inundaban todo el estudio, yo pedía a gritos “oto pende, oto pende” y el fotógrafo ensayaba otros disparos que calmaban mis ansias de niño engreído.

En ese recorrido por tiendas y escaparates, el pequeño Paín, en un descuido de los padres, se escabulló entre telas y mostradores y desapareció por eternos minutos, en los que Dora y Laureano no sabían qué hacer. Desesperados coordinaron con personal de seguridad del comercio y tras buscar metro a metro, encontraron al travieso sentado sobre un montón de retazos de telas apiñados, jugando con un hilo. El abrazo que Paín recibió de sus padres habría sido de película, cargado de lágrimas.

                    Genaro, el mayor de los Gómez Pereira, con Dora y Laureano.

Poco recuerdo de mamá. Sus ajetreos de madrugada preparando humitas con choclos de Oqopata y Huayqo, sus pedaleos en la máquina Singer para coser camisas y pantalones para sus vástagos, las hábiles tijeras que cortaban el cabello de los pequeños, sus aromáticos cafés pasados para los desayunos, sus gelatinas de patita, sus ponches de leche y miel llevados a la cama, cuando sus hijos despertaban.

Su asiento de blanco pellón de lana en el poyo de la cocina desde donde vigilaba a sus gallinas ponedoras con el tradicional “taca taca taca” y ver cómo las plumíferas revoloteaban en el patio buscando los granos de maíz o trigo. Pocos recuerdos, pero grandes en amor y añoranzas. Ah, como mamá Dora es inolvidable y eterna, mi hija lleva su nombre.