martes, 18 de junio de 2024

Buscando el "tapado" de los sueños

Buscando el “tapado” de los sueños
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Faltan veinte minutos para las once de la noche, hora en que las diestras manos del tío Mario Gamarra, bajarán el interruptor que carga energía desde Plantawasi, iluminando calles y casas del pueblo. El viento serrano, frío y constante, silba con fuerza sacudiendo las ramas del viejo layan que custodia el gran patio de la casa de Tomacucho. 
Al costado, dentro de la huerta familiar, eucaliptos y nogales participan del baile impulsado por la naturaleza, en un vaivén rítmico interminable de sus frondosas copas. El cielo encrespado amenaza con soltar sus lágrimas, convertidas en chaparrón de lluvia, mientras la correntada cristalina de las aguas del río Lambrama, entona huainos y jarawis, con fondo del “tarán tarán” de las piedras y rocas que son arrastradas desde siempre. Al frente, desde su majestuosidad, el Apu Chipito, enchalinado con nubes oscuras, vigila a su pueblo.
Ukuiri, roquedal milenario en Lambrama que esconde tapados.

En el Llantawasi, cuarto grande que guarda los leños de la vida y custodia gallinas y patos enjaulados, las ponedoras cacarean alborotadas advirtiendo que en breve les cubrirá la oscuridad.
Entre tanto, aprovechando la visibilidad que les permite los focos amarillentos de la Despensa, habitación grande donde se guardan herramientas y cahuitos de papa, maíz y cereales, los hermanitos Alfredo, Rafael y Efraín, con ayuda de Agapito ultiman, en secreto, detalles para una aventura que los convertirá en “millonarios”.
Dos picos, una pala, y una barreta, porsiacaso, están a la mano, al igual que una alforja con velas, incienso, hojas de coca, cañazo y cigarrillos Inca. Un chakuallqo, desarraigado de sus propietarios, vecinos de Chacapata, se solaza comiendo pedazos de pan, sin imaginar lo que se viene, lo que se le viene.
Rafael, de doce años, es el más entusiasta. Asegura haber visto, noches atrás, una flama ardiente en un lugar específico del camino cerca al roquedal de Ukuiri, en donde dejó un par de piedras, como señal que permitirá llegar sin tropiezos a la carga de oro y plata, que arde de color rojiamarillo, en las noches de luna llena.
Casa de Los Altos, en Tomacucho 

La jornada nocturna de los hermanos está programada a buscar un gran tapado, esa alegoría a la riqueza que los paisanos sueñan encontrar para cambiar el nivel de sus vidas, para volverse millonarios, “como muchos del pueblo ya lo han hecho”.
Enfundados en ponchos nogal de vistoso tejido, los hermanos salen de la casa de Tomacucho en silencio, evitando pisar guijarros o piedras pequeñas que los delataría ante su padre, don Laureano, que ya duerme en su cuarto de los Altos.
Agapito, joven servicial y amical con los menores, también contagiado por el entusiasmo de los “futuros millonarios”, carga los picos y se pone la alforja sobre los hombros. Se dirigen río abajo por un camino de herradura que les evitará cruzar las calles y la plaza del pueblo, que aún se ilumina con las últimas luces de Plantawasi.
En menos de quince minutos ya están sobre la vera del camino cerca de Ukuiri, que esconde la riqueza milenaria, enterrada por los gentiles, por los Incas, hace muchísimos años, en cofres de barro, también milenarios.
En silencio, conversando con miradas y señas, alumbrados por una pequeña linterna de luz blanquecina, buscan las piedras y apenas las encuentran, activan picos y pala, horadando la base de una enorme piedra que esconde el oro y la plata de los sueños. Antes, Agapito ensaya, ceremonioso, algunos rezos en quechua y encendiendo las velas quema el incienso y hojas de coca, y lanza una bocanada de cañazo sobre las piedras, como ofrenda o pago a la tierra.
Los pikis, se envalentonan y para darse fuerza y valor, engullen de un trago, sorbos de cañazo curado, extraído de las reservas de Laureano. Los cigarrillos se encienden, pero son arrojados a la primera pitada, ganados por una tos seca que amenaza con asfixiarlos.
El hueco ya supera el medio metro de profundidad y es hora de entregar un cuerpo vivo a la Pachamama que custodia el oro de los sueños. El chakuallqo, es enterrado vivo y tapiado con piedras y tierra. Curiosamente ni un solo ladrido, pareciera que sabe no tener alternativa.
Los picos van y vienen sobre la tierra. El hoyo sigue creciendo. No hay llamaradas, no hay visos de la riqueza. No hay vasijas. No hay oro ni plata. Solo sudor y ansiedad en los menores. El tapado soñado sigue siendo un sueño. Derrotados en sus afanes de riqueza, se rinden luego de casi dos horas y regresan al pueblo, sin pena ni gloria. Se animan con ir otra noche a Qaraqara, a Utawi, donde hay restos preincas y “seguro habrá tapados”.
Llegan a casa y cada uno a su cama, siempre en silencio. Derrotados, pero extasiados por la aventura, proyectan averiguar cuál es el mecanismo que permita llegar hasta un tapado. Un tapado de riquezas que los convertirá en millonarios. 
En la mañana, sorprendidos se cruzan con el chakuallqo, en la misma puerta de la Despensa. Había escapado sano y salvo del hueco donde fue enterrado. Siempre leal, el perrito miró a sus verdugos sacudiendo la cola, en señal de amistad perruna.

lunes, 10 de junio de 2024

Hablando sobre nuestra Micaela

Hablando sobre nuestra Micaela
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Una conversa amena, aderezada por un decantador con vino tinto que acompañó un sabroso tallarín abanquino con albóndigas, sazonado con cachicurpa rallado, nos atrapó por más de tres horas, el jueves pasado. En esa reunión nos conocimos personalmente, con Luis Echegaray Vivanco, agotando una etapa de saludos e intercambio de información y opiniones, a través de las redes sociales, el WhatsApp en especial.
El encuentro, con el pretexto del cumpleaños del anfitrión, fue muy amical, abierto y sincero permitiendo conocer en qué anda cada uno de los participantes: Luis Echegaray, César Navío y Efraín Gómez, y Noelia, esposa de Luis. 
Luis Echegaray, Efraín Gómez y César Navío

Abancay y sus riquezas, sus gentes, su historia y las desventuras de sus autoridades; Lambrama y sus costumbres y tradiciones, también sus desventuras, acapararon parte de la jornada hasta que el centro de las idas y vueltas fue dominado por Micaela, nuestra Micaela, de la que los apurimeños, en especial los abanquinos, sentimos orgullo.
Y es que escuchar a Luis Echegaray, el santuyoc, hablando sobre Micaela Bastidas Puyucahua, no solo entusiasma y contagia, sino permite conocer las razones del por qué es, o debe ser, considerada una peruana universal, por encima de las disputas localistas sobre el lugar de su nacimiento, que apurimeños y cusqueños se arrogan.

Luis Echegaray, quizás el abanquino o peruano más informado sobre nuestra heroína, es enfático en afirmar el origen abanquino, nacida en Tamburco, de nuestra Micaela. Por eso, por el entusiasmo que le pone al hablar sobre la tamburquina, es tarea de todo peruano, en particular de todo apurimeño, entender sus propuestas, rebuscar sus escritos y leer su libro “Micaela” (Julio, 2019). Así conoceremos a Micaela.
Entusiasta como en sus textos que solemos leer en las redes, plantea trabajar desde un Patronato, la valoración histórica de la esposa de Túpac Amaru II. Reconocerla como estratega y lideresa de la gesta independentista, culta y decidida, en todas sus responsabilidades.
Un gran parque en la ciudad capital donde se erija su busto y una leyenda que pondere su peso histórico, podría ser un homenaje popular, para que los peruanos entendamos su valía. En Buenos Aires, Argentina, se encuentra el Parque Micaela Bastidas, en una extensión de 7 hectáreas, y es un centro de atracción turística y ambiental de primer nivel. 
Una Ley que eleve la personalidad de Micaela, a nivel de Primera Generala del Ejército Peruano, en reconocimiento precisamente a su rol de estratega en la gesta tupacamarista, sería la merecida distinción institucional a una mujer de la que se habla mucho, pero de la que se dice muy poco.
Hay un compromiso inicial para sumar fuerza, tiempo y dedicación a fin de convertir en realidad los sueños sobre Micaela. Esperamos que la propuesta se formalice y sea asumida como tarea de todos.

martes, 4 de junio de 2024

Las viejas Queuñas que tocan el cielo

Las viejas Queuñas que tocan el cielo

Escribe, Efraín Gómez Pereira

Un paseo por las alturas cercanas a Lambrama, camino a nuestra legendaria laguna de Taccata, permite solazarse con la riqueza natural que ofrece el bosque de Queuñas de Queuñapunku. Se podría decir que es el último bastión forestal del pueblo, de una especie considerada gran aliada para afrontar el cambio climático.
Árboles viejos, atrapados entre enormes rocas, musgos, tankar, marjus, keras, chuillur también añejos, que se dan las manos, en abrazo eterno, sabe Dios desde cuando, tocando el cielo de nubes y lluvias; perviven ante la atenta mirada de los comuneros lambraminos, que han sabido dominar sus apetitos depredadores para cuidarlas y protegerlas de la misma sinrazón humana.
Mirar y tocar o treparse sobre un tronco escamado color canela, de una vieja Queuña, sino te lleva al paraíso, te llena de energía y calor que difícilmente se puede explicar. Sus hojas pequeñitas, brillosas y sedosas, frías hasta heladas, a pesar del calor serrano, son caricias al pasado, frescura al presente y esperanza al mañana.
Frotar entre los dedos sus hojas sueltas, dejan un aroma amargor que se impregna en los sentidos, en la mirada y las caricias, que durarán y acompañarán todo el día. El olor de la vieja y añorada Queuña, se sube a tus alas y vuela contigo, en la caminata sobre pastos, pajonales y waraccos, que le dan un cariz especial a esta parte de nuestra bella y querida tierra.

Los charcos superpuestos sobre la grama que rodea la arboleda, las caídas de agua y los chorrillos puros que se escapan de las entrañas de los cerros cercanos, de entre las rocas, de los ojos de agua naturales, que sumando crecidas forman el río Lambrama, son aliados vitalicios del crecimiento, desarrollo y permanencia de estas viejas especies que tienen valor humano, valor natural, riqueza poco aprovechada.
Los vientos que silban entre sus ramas, hacen que las hojas caigan y formen capas orgánicas de alimento natural para el propio árbol. Allí mismo, sobre esa riqueza convertida en guano, crecen especies forestales únicas y que en alianza con las sombras y frescor de la Queuña, prodigan helechos, machamachas, jisas, tikas, huaytas y, sobre todo, limanchus que endulzan lawas y picantes de pobres y ricos que los disfrutan sin disputarse nada.
Este viejo bosque también guarece, bajo sus sombras y sobre las copas de sus frondosidades, especies raras de fauna silvestre como yutus, jakaqllos, siwar qentes, así como escurridizos gatos monteses, zorros, pumas y apetitosas vizcachas.
En sus rededores pastan vacas criollas, caballos y ovejas de los lambraminos que levantan sus jatus en las inmediaciones, haciendo uso racional de sus troncos y ramas para armar cumbreras y techar las chozas que les permiten afrontar los fríos gélidos de la zona, en ambientes amigables.
Caminando entre las rocas y los bosques de Queuña, se puede hacer una cosecha generosa de las aromáticas y medicinales hojas de muña de altura y de la rebuscada salvia, que se entregan con una amabilidad bondadosa.
Ir de paseo a Taccata, nuestra laguna de mil historias y muchas leyendas, pasando por Queuñapunku nos permite recrear el pasado y mirar el futuro con esperanza, pues en sus laderas se pueden observar plantones de esta especie de suma importancia que forman parte de los programas regionales y municipales de forestación y reforestación. Es decir, si todo enmarca con los cuidados necesarios, nuestro viejo bosque de Queuña, podría convertirse en el espejo de la reciprocidad humana a una belleza natural que todos estamos obligados a cuidar y querer.

lunes, 27 de mayo de 2024

CANDADITO, el himno de los lambraminos

“Candadito”, el himno de los lambraminos
Escribe, Efraín Gómez Pereira
 
Hay canciones que marcan la identidad de un pueblo convirtiéndose en himnos populares y trascienden generaciones. No habrá peruano que no haya vibrado de emoción al escuchar o cantar “Contigo Perú” magistral creación de Augusto Polo Campos “Te daré la vida y cuando yo muera me uniré en la tierra, contigo Perú”, en la inmortal voz de Arturo “Zambo” Cavero.
Los pikis suspiramos tarareando “Abancay de mis amores, si yo volviera a nacer, al cielo le pediría que seas mi cuna otra vez”. “Si vienes a mi Abancay, al llegar encontrarás la dicha de un gran amor, los sueños de un trovador”, temas del gran Pepe Garay, que nos hacen sentir orgullosos de nuestra tierra, de nuestras gentes.
Cuando evocamos nuestras raíces, en el cúmulo de recuerdos y remembranzas, como los abuelos, los padres, la casa vieja, las chacras, los juegos infantiles, los amigos, los vecinos; siempre estará presente el tono nostálgico de una o dos canciones, que a pesar del paso de los años mantienen su vigencia no solo en nuestra memoria, sino en el repertorio de músicos, artistas o empíricos, que las transmiten por generaciones. Cultura popular, le llaman.
En el caso de Lambrama, mi tierra natal, es el huaino “Candadito” que ha impuesto su presencia imborrable en las generaciones de waqrapukus, por encima de las tradicionales coplas del carnaval campesino que ha convertido a este pueblo en la cuna del carnaval autóctono, mérito aún no aprovechado ni registrado ante las instancias correspondientes que custodie esa riqueza cultural originaria. “Yuncay lorucha, verde capacha, huayqo huayqolla, sara tukuikuq”, es una leyenda lambramina.
Dora, Jesús, Rosa, Emma, Alberta y Saturnina, damas lambraminas que impulsaron la riqueza de "Candadito".

El huaino himno o canción emblema de los lambraminos que valora en todo su concepto, la personalidad del lambramino, caracterizada por su generosidad, solidaridad, brazos abiertos, y respeto a los suyos, a la naturaleza, dice: “Candadito, aceromanta llavechayoc, pirak mairak quichallasunki, manaraq ñoqa quichallasaqtiy” (Candadito, llaves de acero, ¿quién te abrirá antes que yo?)..
Habla de una llave que abrirá el corazón del ser amado para que, si es un lambramino, cuidará como a una flor, y no lo maltratará como lo haría el forastero cuando pisa el chuño. Se envolverá en las redes de una máquina de coser Singer, como tela de una pobre y local bayeta para abrazar al amado que es de seda.
Se encaramará hasta las aspas del molino de piedra de Chirhuay, para formar un potente complemento como harina de cebada y trigo, en una clara alegoría a la inexistencia de clases sociales en el amor. 
En casa de mis padres en Tomacucho, mi señora madre, Dora Pereira Tello, tenía un cancionero escrito de puño y letra en el que alcancé a identificar temas como “Unchuchucacha chiricha huayracha” que rinde homenaje al abra que franquea el ingreso desde la bella laguna de Taccata hacia los laymes comunales de Qelqata y Pucuta. De “Huaranhuay, qello huaranhuay” que sacude las fibras del amor esperado, sin saber para quién florece o para quien se pone roja o amarilla. Cosas del amor lambramino.
Pero la que más me llamó la atención fue “Candadito”, no solo por el contenido de sus letras, que cuando era niño no entendía aún las loas al amor o las llamaradas a los enamoramientos; sino porque con una caligrafía a la usanza antigua; echada, corrida y sin cortes, las letras de la canción tenía borrones y escritos sobre las mismas líneas. ¿Correcciones?, seguramente.
No hay data formal sobre la autoría de “Candadito”, el himno de los lambraminos, pero con base en el cancionero y el testimonio de cercanos, me atrevería a afirmar que este huaino emblema habría sido compuesto por Dora Pereira Tello y Jesús T. Peralta de Pereyra, en los inicios de los años cincuenta; y con el acompañamiento de charangos y quenas alcanzó popularidad, logró identidad, gracias a la expresión conjunta de las envidiables voces de Dora, Jesús, Rosa Pereira de Gamarra, Emma Becerra de Ballón y de las hermanas Alberta y Saturnina Gamarra, que en contrapunto sacaban lustre a sus respectivos barrios Uraycalle, Chimcapalle, Pampacalle y Tomacucho.
Hoy, Candadito es canción propia de los lambraminos, que la hemos hecho nuestra porque es de dominio público. Sin embargo, es necesario aclarar que para salvaguardar el valor de esa riqueza cultural, que podría ser usada por ajenos a nuestro pueblo y apropiarse de su autenticidad en letras y música; los músicos lambraminos Lucas Molina León (+), Ulises Lezama Milla y Dino Pereyra Peralta, lo acreditaron en febrero 1999, ante el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de Protección de la Propiedad Intelectual - Indecopi- (Formulario 01216) y la Biblioteca Nacional del Perú (Depósito Legal 99-0660), como recopilación del grupo Lambralma.
Nos reconforta y emociona saber y comprobar, que en cuanta reunión que lambraminos realizan dentro del pueblo, en otras ciudades, en Lima, o en el extranjero, nuestros paisanos lo reclaman, cantan, se emocionan con “Candadito” y lloran al recordar nuestra tierra, nuestras calles, evocando las flores, la cebada, la bayeta, el chuño y el amor hacia quien lo merezca; y, pues, tiene que ser por un lambramino makta o una lambramina pashña. “Ahora sí, eso sí, lambraminita, munasqa huayllusqa, manaña reqsekuc”.

domingo, 5 de mayo de 2024

Limanchu, el aroma exótico de los andes

Limanchu, el aroma exótico de los andes

Escribe, Efraín Gómez Pereira

La última semana de enero pasado, en Quitasol, a dos kilómetros de la ciudad, nos encuentra en calor familiar. Una visita fugaz, de apenas un par de días, nos regala un desayuno familiar, casero, en el que una ensalada de paltas cosechadas en el mismo fundo se enseñorea y destaca sobre las papas sancochadas, el pan común y el choclo tierno que ya asoma tímidamente, antes de los meses de temporada.     

La cremosidad de la palta Fuerte empata como anillo al dedo, con los brotes frescos, aromáticos y llamativos del limanchu, conseguido casi a la “quitaquita”, esa misma mañana en las afueras del mercado Las Américas, en Abancay. La agradable yerba, provenía de los humedales y bosques cercanos al santuario del Ampay. El pan con palta hace gala de su sabor, y se empareja con el aroma embriagador de un café negro, recién pasado. Inevitable hacerse rogar por una yapita.

Ese desayuno, preparado por las cálidas manos de Gladys, mi querida hermana, me trasladó a mi feliz infancia, en Tomacucho, Lambrama, donde los desayunos eran encuentros ceremoniosos en los que los Gómez Pereira y Gómez Gamboa, disfrutábamos de una mesa variada, como variados eran los días.


Exótico limanchu, en su hábitat natural. (Foto Fanpage Cesar Vargas)

La ventaja de tener vacas lecheras a la mano, en los corrales de Oqopata o en la huerta de Tomacucho, nos prodigaba de leche fresca, natilla y queso fresco, todos los días. Café con leche - los Gómez somos cafeteros desde el vientre -, leche con ulpada, acompañada de pan común de la panadería Milla; de papa Qompis, cosechada en los predios de Qahuapata; de choclo tierno, canchita chulpi o mote paraccay de las chacras de Itunez, Luntiapo o Huayqo. Sin duda, una mesa privilegiada. Mesa de otros tiempos.

Ya lo dije en muchas otras ocasiones, la trucha del río Lambrama, pescada con anzuelo, lombriz y caña, en la misma madrugada entre Chacapata y Uriapo, al norte del pueblo y desde Plantahuasi a Huaranpata, al sur, fascinaban los desayunos caseros. Trucha frita crocante con café, pan común, papas, choclo o canchita, y uchucuta, insuperable.

En los meses de enero, febrero y marzo, los desayunos, almuerzos y cenas tenían un personaje insuperable, incomparable, único en sabores y aromas, que envolvían los aires, techos y paredes de la gran cocina familiar, y hacían que nuestros apetitos naturales se elevaran a su máxima potencia, hasta casi llegar a la gula. 

El limanchu, yerba aromática de los andes, nos visitaba toda la semana, recordándonos que los días lluviosos, de humedad y neblina en las partes altas del pueblo, eran los signados para su aparición y alegrar mesas lambraminas, con su nobleza fugaz y su aroma inigualable eterno.

Las lawas de maíz choclo tierno o qollalawas, cremosas; sazonadas con leche fresca y quesillo estrujado, acompañadas de papa nativa y habitas verdes, multiplicaban su prestancia con el limanchu fresco de sabor exótico, salpicado en la olla, poco antes de servir los platos. Imposible no pedir yapita. La olla debía tener doble fondo para responder a la demanda de casi una docena de comensales.

La tradicional “sopa viernes” que no lleva carne, sino leche, queso y papa amarilla, levanta su personalidad cuando se agrega olluco recién cosechado y picado en juliana y es sazonada con un generoso manojo de limanchu, rescatado de las camas compactas y húmedas de musgo que crece a su voluntad bajo las sombras de uncas, tastas, chuillur, tankar, y especialmente de los frondosos y olorosos marju, que embellecen los verdes y atractivos parajes de uncapata, qahuapata, llakisqway, queuñapunku, motoypata, marjupata y otras patas cercanas a Lambrama.

Sopa viernes, con el sabor del incomparable limanchu. (Foto Fanpage Miguel Angel Ramos)

En Qahuapata, el fortín ganadero y papero de don Laureano, mi añorado señor padre, los bosquecillos de marju que rodeaban el predio, eran escenario adecuado para el desarrollo y crecimiento fugaz del limanchu, que recogíamos a manos llenas para acaramelar las lawas de chochoca, trigo, calabaza, tocto o cancha al dente, y las sopas de fideo entrefino o cabello de ángel, todas maridadas con queso fresco y leche, y huevo batido.

Mamá Victoria, recuerda que los hermanos Gómez Pereira y Gómez Gamboa, éramos adictos a la ensalada de paltas con limanchu, que se multiplicaban en las vasijas de preparación con picados de cebolla china, abundante queso fresco, choclo desgranado y papa nativa sancochada. Un tazón de café pasado, infaltable para la compañía perfecta.

                                 

Ensalada de limanchu con queso fresco y papa nativa. (Foto Fanpage Ulises Valdeiglesias) 

Victoria rememora Qahuapata y añora a sus “hijos” recogiendo el verde aromático en los “marjusiki” donde en la humedad y las sombras, el limanchu lambramino no tenía competencia para alcanzar su desarrollo compacto y alegrar lawas y ensaladas familiares.

También servían para endulzar agüitas de mate destinadas a apaciguar dolores de cabeza, y cólicos estomacales, para controlar la tos en los infantes; y usado como compresas para cicatrizar heridas y pausar hemorragias. Sin duda se trata de un regalo de la naturaleza que merece ser custodiado, respetando su hábitat natural y no fomentar su depredación, que podría ser nefasto e irreversible.


viernes, 26 de abril de 2024

Los hermanos Gómez Pereira se encuentran

Los hermanos Gómez Pereira se encuentran

Escribe, Efraín Gómez Pereira
 
Memorable, inolvidable. Fue el encuentro tantas veces postergado. Esperado y esquivado por equis razones. Las distancias y los tiempos nos hacen víctimas y caemos en su dictadura. Debe sucederle a muchas familias. 
Somos siete hermanos, hijos de Laureano, y difícilmente coincidimos en una reunión, pues cada uno de nosotros tiene su propia realidad particular, su ppropia familia, sus propias agendas. Eso no impide, sin embargo, que, con disciplinada frecuencia, estemos en comunicación y sabemos en que anda cada uno, su familia, los sobrinos.
Genaro, Gladys y Martha viven en Abancay. La cercanía hace posible que estén en contacto y se visiten permanentemente. Alfredo, Rafael, Efraín y Mery, residimos en Lima. Nuestra relación familiar además de los habituales saludos telefónicos y el uso de las invasoras redes sociales, se fortalece cuando viajamos a Abancay en fechas especiales o cuando recibimos las encomiendas que nos traen aromas, sabores y colores de nuestra tierra, de Abancay y de Lambrama. 
Genaro, Alfredo, Rafael, Efraín y Mery. Los hermanos Gómez Pereira. (Abril 2024). 

Hace unos días, Genaro, el mayor de los Gómez Pereira, estuvo en Lima y se dio la oportunidad de cumplir con el esperado encuentro. Genaro, Alfredo, Rafael, Efraín y Mery, los hermanos Gómez Pereira, nos confundimos en un monumental abrazo en una cálida y amena reunión en casa de Mery.
Los hermanos, nos juntamos después de once años. Cinco años antes, en enero de 2008, nos concentramos en Abancay, con Laureano de motivo central. Los Gómez Pereira y Gómez Gamboa, con familias en pleno, alegramos una semana la existencia de Laureano. Ese año, en octubre, nos dejó el viejo. 
Abancay, enero 2008. Laureano y sus siete hijos.

Recuerdos, anécdotas, añoranzas, risas, coronaron un almuerzo que engalanó al pato huaralino y carapulcra, rociado de vinos y calor familiar. La mesa y los huainos que salían de un mini equipo de sonido, acompañaron pasajes que la memoria nos permitió recrear, sobre todo aquellos que nos trajeron a ese imborrable momento: nuestra infancia en Lambrama, en Tomacucho. Nuestros hijos, gozaban con nuestras risas, previa traducción de las charlas en quechua.
Miramos a través de un lente imaginario a Genaro, larguirucho y ágil para todos los menesteres, cuidando que sus menores estén siempre presentables con la ropa limpia, bien peinaditos. Al fallecer mamá Dora, Genaro asumió la responsabilidad de apoyar al padre en el cuidado de sus hermanos. Lavaba y planchaba nuestras ropas, con envidiable destreza. Era el único de los cinco que festejaba su cumpleaños. El mínimo espacio que encontraba lo dedicada al futbol.
Alfredo, con aire de mandamás tenía el respaldo de Laureano que celebraba sus travesuras, por más crueles que estas fueran. Fastidiaba hasta el llanto a sus menores, y cuando alguien osaba pegar a Genaro, que era el más tranquilito, se hacía de un palo o una piedra y “conchamadreaba” al abusivo. Chato pero filoso. Pasaba por casa de la tía Ruperta “Lopaqa” y lanzaba el grito característico de la tía: “Huaychaooooo”. A veces gritaba desde la poza de Surupata y todo el pueblo se enteraba.
Lima,  noviembre 2013.

Rafael, apasionado por los riesgos y peligros de la vida pueblerina, buscaba los caballos más encabritados para intentar domarlos. Calle abajo a la carrera, sobre el caballo, hasta que un frenazo a causa de la presencia de un kuchi que espantaba al cuadrúpedo, lo tiraba de bruces al suelo. “Ayayau, caraju”, y seguía. Los días que con más emoción recuerda, es cuando los cinco hermanos, ya residentes en Abancay, íbamos al río Mariño, a lavar nuestras ropas y ver cómo se secaban en un santiamén sobre las piedras.
Efraín, engreído de Laureano, era ajeno a las labores de hogar. Se escapaba de casa para ir de caza, buscando pichinkos y kullcus para kankachu, con una honda de jebe. Era junto a Alfredo, el más aficionado a las truchas. En época de vacaciones, todos los desayunos invitaban trucha frita, café pasado y papa huaico. A los tres años le gustaba escribir letras con palitos, tirado en la calle. Alguna vez, estando en la cabaña de Qahuapata, se perdió y los padres desesperados organizaron cuadrillas de búsqueda río abajo, peinando tramos hasta el pueblo. El chiquitín de cinco años se había subido sobre una unca a comer uncaruru, olvidándose de todo y causando alarma en la familia, hasta que Ángelo Haya lo encontró.
Mery, la menor de los Gómez Pereira, era la más engreída. Recuerda Rafael, que cuando nació hacíamos competencia entre los hermanos para meternos en la cama de mamá Dora y quedarnos pegaditos a la bebita. Juguetona hasta el cansancio armaba patotas con amiguitas del barrio para ir a bailar y cantar a Surupata. Se disfrazaba de abuela y actuaba como vendedora de comida en el mercado. “Ampullaiki, mamitay”
Todos los hermanos Gómez Pereira, fuimos quechua hablantes natos. Vivíamos en una casa grande, con espacios conocidos como la Despensa -primigenio dormitorio familiar- y los Altos, escenario de mil y una historias. Con mamá y en ausencia de ella, siempre había en casa dos a tres mujeres que apoyaban las labores domésticas. Las “chicachas”, jovencitas adolescentes, hacían de compañía a Mery, “niña” Mery y en los oficios menores. Todas quechua hablantes. Infancia feliz, a pesar de la gran ausencia, queda marcada en nuestras retinas que nos permite revivir el pasado, en la nostálgica memoria de sus propios actores: los hermanos Gómez Pereira, de Lambrama.

lunes, 15 de abril de 2024

Zenón de noventa, a los seis años

Zenón de noventa, a los seis años
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Apagó noventa velas en ambiente de alegría, nostalgia y esperanzas. Don Zenón Gómez Chuima, tronco lambramino que echó raíces en Santa Clarita, San Vicente de Cañete, junto a su hermano Antero, hace más de sesenta años, se mostró ante sus hijos, nietos, hermano, sobrinos, familiares y amigos que acudieron en compacta convocatoria; con una lucidez envidiable, un privilegio.
Con moderación, pero con gusto, brindó por la alegría de su longevidad, los abrazos del calor familiar y los discursos que enaltecieron su presencia en la familia. Gozó de los huainos apurimeños, del arpa y violín que le hicieron bailar con pausas obligadas por algunos achaques propios de su avanzada edad.
Zenón, flanqueado por Antero, su hermano y Efraín, su sobrino. 

Zenón emocionado contó con lujo de detalles una anécdota sucedida en Lambrama, cuando tenía seis años, que la recreamos en esta nota de celebración por mi querido tío.
Una mañana fresca, Higidia, madre de los hermanos Gómez Chuima de Lambrama, dispone que sus menores vástagos Andrés y Zenón, vayan a la plaza a divertirse con la presencia de los danzantes de tijeras que, en competencia de acrobacias, pruebas de faquir, castigos con patakiska, tragadas de tijeras, sapos y huevos enteros, atraían a los lambraminos y tenían entre los niños, a sus admiradores.
Danzantes o chinchinas, hacían que los ojos del pueblo enrojezcan de admiración y los de Andrés y Zenón, brillaran de éxtasis. “Cómo quisiera ser un chinchina” soñó despierto el larguirucho Zenón o Simón como lo llamaba su mamá, de figura esbelta, alta, ojos vivaces, y de recio coraje.
Metidos entre las piernas de los adultos que miraban en primera fila a los danzantes; los pequeños hermanos embelesados por el color y calor de los danzaq, dejaron pasar las horas y al percatarse de que no habían cumplido la orden de mamá de ir a la cabaña, poco más de arriba de Uriapo, a las cuatro de la tarde a ayudar al padre, don Julián, corrieron a casa en Tomacucho, asustados y temerosos, como perseguidos por el mismísimo diablo. La plaza ya estaba iluminada con mecheros grandes, colocados en cada esquina.
De prisa y desordenados, avivaron las llamas de la kuncha, para calentar una olla con mote. Cuando Andrés se esmeraba en soplar la fukuna, llegó mamá Higidia, acompañada de sus propias sombras, con la mirada que asustaba hasta a los cuyes. “Imatan ruwainkichis, qella maktakuna” ¿Por qué no están en la cabaña, llevando el almuerzo a su padre? “Fawaichis, upaquna”. Tenía un leño en la mano.
Los dos chiuchis salieron corriendo calle abajo, hasta Chacapata para enrumbar a Chucchiumpi y seguir escalera arriba, con destino al cielo del mirador. Andrés se detuvo en Yarqapata. “Yo me quedo, ve avanzando, ya te alcanzo”, pero Zenón, que ya conocía el picor doloroso de los latigazos en el siki, siguió cuesta arriba. No había ni frío, ni viento, ni miedo que lo detenga.
Higidia preocupada por la hora, salió a buscar a sus hijos y al encontrar solo a Andrés. Gritó con todas sus fuerzas hacia las escaleras de Chucchumpi, hacia los cielos, hacia la noche. “Simoncha… yau”. Nada de nada. Ni el eco de Chipito y Kullunwani, respondió el llamado de mamá.
Entre tanto, sudoroso y con las ojotas que resbalaban en sus pies pequeños, Zenón seguía cuesta arriba, guiado por la claridad de la noche de luna, que dibujaba caprichosas imágenes entre los árboles del camino. “He visto al kukuchi en persona, disfrazado de chilca. Pasé de largo, sin miedo a que me coma, como decían las viejas del pueblo. En Heqerpaiso, ahí nomas, está el diablo vestido de piedra, de árbol, de pakpa. Nada. Yo tenía que llegar a la cabaña” recuerda.
En la prisa tropezó y cayó en un hoyo que los lugareños utilizaban como almacén de papa, y donde el tubérculo se mantenía fresco por varios meses. El hueco estaba lleno de maleza de ortigas o jisa que, que al contacto con las piernas, manos, brazos y cara del menor, dejó hacer valer su poderío.
Desesperado y con dolor por todo el cuerpo, Zenón salió a gatas del hueco y buscó un charco de agua para refrescarse. La idea puesta en la cabaña y pensando en la mirada seria de Julián, llegó a la choza a donde entró con sigilo. Su padre ya estaba dormido y se acurrucó a su espalda.
Julián notó que su hijo quemaba, encendió la lámpara y miró la cara y brazos llenos de ronchas. Zenón, entre lágrimas de dolor contó la tragedia del hueco y ya no recuerda nada más, hasta el día siguiente, ya en brazos de su madre, en su cama en Lambrama.
Estaba doña Cecilia Saavedra, la curandera del pueblo, rezando en quechua y frotando el cuerpo del niño con enjundia, grasa de gallina que siempre había a mano, como medicina de primeros auxilios.
Higidia se prodigaba en llevarle cucharadas de una sopa blanca, que Zenón tragaba con dificultad. El susto y el dolor lo castigaban. Era un caldo de rana o kaira seca, traída desde las alturas, y que se conservaba para ocasiones de emergencia como esta, o para alimentar de energía y fuerza a las parturientas, a las que doña Cecilia atendía con regularidad.
Pasaron las horas, la inflamación desapareció, la calentura bajó y, en el rostro asustadizo Zenón se dibujó una sonrisa fresca y se animó por un segundo plato del caldo de rana. Higidia, abrazó al pequeño. Julián tomaba un café recién pasado, sorbiendo con fuerza. Andrés, todavía con el susto entre sus huesos, jugueteaba en la puerta de la casa, con un trompo hechizo de guarango. 
Finalmente, el grito de guerra de Higidia, alborozada. “Mi hijo ya sanó” que retumbó en la habitación y dejó ver su sonrisa abierta en un rostro brilloso que guardaba huequitos salpicados, herencia o secuela de un infantil sarampión o una varicela.