miércoles, 29 de noviembre de 2023

Chicha lambramina, de jora o guiñapo

Chicha lambramina, de jora o guiñapo
Escribe, Efraín Gómez Pereira


Las celebraciones familiares, costumbristas o tradicionales que se realizan en Lambrama, en cualquier época del año, bajo cualquier motivo o pretexto, tienen un ingrediente ineludible. Un cumpleaños, bautismo, tapukuy, matrimonio, bienvenida, despedida, sepelio, chakrakuska, siembra, cosecha; cualquier actividad productiva, tiene que estar rociada de su presencia. Es la compañera ideal para todo hecho familiar o comunal.
Hogar pudiente o pobre, casa grande o pequeña, familia numerosa o de a dos, acuden a ella como signo de identidad local, comunal, tradicional, histórica. Y es que su presencia data de épocas añejas, tan añejas como la vida misma de este pueblo austero, esperanzado y de grandes expectativas. 
Su preparación es de una responsabilidad extrema para quien se atreva a enfrentarse a ella. Hombre o mujer, viejo o joven, debe asumir los pasos del proceso de manera disciplinada, responsable, seria: La elaboración de la tradicional “Chicha de Jora o Guiñapo”.
Chicha lambramina, ancestral como el pueblo mismo, que acaba de celebrar 184 años de creación. (Foto Smith Benites Ferro)

Cuando se viene una importante jornada que compromete a la familia hay que tener todo listo de manera anticipada. Peroles, ollas grandes o makas, manos amigas y comprometidas. Abundante leña seca que fue almacenada con meses de anticipación, en los ricos y generosos bosques arbóreos de Tanccama, Llakisway, Unca, Ccaraccara y otros.
Con mucha antelación se debe preparar este insumo básico para la tradicional chicha: la jora o guiñapo, en cantidades necesarias que la ocasión exija.
El maíz amarillo o ñutusara es el ideal para hacer la jora. Las familias lambraminas acopian esta variedad, que es muy escasa y, por lo mismo, muy buscada, y la guardan en mazorcas secas, en las markas o almacenes domésticos, encaramados bajo los techos de teja, calamina a ichu. Todos saben, incluido los menores, que estas reservas de maíz no se tocan, son sagradas.
El maíz seleccionado se remoja por dos o tres noches, en abundante agua, en un perol espacioso. Luego se retira y se cuela en una canasta de carrizo que permita drenar todo el líquido.
El maíz remojado, que ya va presentando un aroma característico de acidez, se distribuye sobre una cama de hojas verdes de chamana, paucar, chilca, lambras, eucalipto, asnakjora y otras. Debe estar bien acomodado y libre de agua y humedad, para evitar que se pudra durante el proceso. El lote de maíz húmedo se cubre con ramas de las mismas especies de la cama. Piedras limpias y planas recogidas en el río aplastan la maraña de ramas, sometiendo a una presión permanente al maíz.
Jora o guiñapo, base para la elaboración de la apetecible chicha.

El cuarto o habitación donde se prepara la jora o guiñapo, es inundado por un olor agrio que brota de la cama de ramas y hierbas. De cuando en cuando, se abre un resquicio en la cama para hacer que el guiñapo “respire”. La humedad y el calor de la mezcla de maíz y ramas expulsa vapores que se impregnan en el ambiente.
Tras dos semanas de “encamada” se retira la cobertura descubriendo que el maíz en su totalidad ha germinado con brotes que se avivan al contacto con las manos. Al probarlo muestra una acidez dulzona que pronostica una buena chicha. 
Las mamachas que dominan este proceso recomiendan que en el transcurso de las dos semanas de entierro, se debe hurgar con detenimiento en diferentes partes de la cama, a fin de airear el producto y evitar que se pudra, lo que sería fatal.
El maíz germinado, ya convertido en jora o guiñapo, que ya tiene un natural valor agregado, es secado al sol por dos semanas, tendido sobre mantas o calamina, cuidando que esté alejado de los animales domésticos. Si un chanchito o “jalajuchi” encuentra el producto será inevitable que este se dé un festín, aguando la fiesta preparada. 
La jora seca y limpia de impurezas o rastros de las hierbas de la cama, se muele sobre un batán estratégicamente ubicado en la cocina. Mientras se muele en pequeñas cantidades de manera homogénea, el fogón de la cocina alimentada con troncos y ramas secas de leña, soporta el peso de un par de ollas grandes, que también pueden ser peroles, que hierven abundante agua y son utilizadas solo para estos menesteres.
Belleza lambramina compartiendo el néctar andino. (Foto Smith Benites Ferro)

Con disciplina campesina la encargada de hervir la jora se mantiene atenta a que este no rebalse, para lo cual va moviendo con suavidad un palo de carrizo que llega hasta la base de la olla, removiendo la jora.
Una vez hervida por dos o tres horas, se retira de la olla para trasladarla a las makas, que son vasijas de barro grandes con boca pequeña. Un colador o suisuna de yute limpio amarrada en la boca del makas, filtra la jora sancochada, convirtiéndola en chicha fresca y tibia, conocida como “upi”. En la suisuna queda la “mashca”, una harina húmeda que endulzada con azúcar o chancaca y se convierte en un apetecible manjar para niños y adultos.
La chicha es cuidadosamente tratada en su proceso de maduración. La vasija es asegurada con una tela limpia que es removida de vez en cuando para liberar los gases generados por la chicha en fermentación. Hay que remover la espuma que se genera en abundancia. Los secretos para lograr una rica chicha, tienen que ver con el uso adecuado y oportuno de un poco de chicha madura o “pocco” que se añade a la chicha en proceso. También se emplea chancaca, cerveza negra, almendras, quinua, cebada, hojas de hinojo, frutos de molle.
La madurez de la chicha se alcanza en dos o tres días y, según los saberes locales, luego de ese plazo, se convierte en un trago espirituoso capaz de emborrachar hasta al mas fiero de los bebedores.
El autor de la nota, saboreando un caporal de chicha, hace muchos años. 

En Lambrama como en todos los pueblos de la sierra y costa norte del país, la chicha de jora o de guiñapo, es parte de la cultura viva, de la tradición ancestral que nos enriquece como nación mestiza, heterogénea. 
Cuando tengas la ocasión de beber un sorbo o un kero o caporal de chicha de jora o guiñapo, en tu casa, donde la vecina, o en una tradicional picantería, recuerda que es parte de nuestra rica historia, de la identidad de nuestros pueblos, y que en su elaboración se predica dedicación, cuidado y secretos que vienen desde tiempos remotos. Salud!!

domingo, 5 de noviembre de 2023

Abanquinos en Lima, entre wawas y Micaela

Abanquinos en Lima, entre wawas y Micaela
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Micaela, nuestra Micaela, nos convoca todos los noviembre para recordarnos que el amor a nuestra tierra es eterno. Por segundo año consecutivo tuve el gran placer de compartir el calor abanquino en Lima, a la sombra y mirada vigilante del monumento a Micaela Bastidas, que se erige en el parque que lleva su nombre, en la urbanización Santa Beatriz, en la ciudad capital.
Invitado por el Club Provincial Abancay, participé, junto a una veintena de paisanos, en el homenaje a nuestra heroína, conmemorando el 149 aniversario de la elevación de Villa a Ciudad de Abancay, la ciudad de la eterna primavera, la ciudad del orgullo perenne. 
Margoth Saavedra, diligente y dinámica presidenta de los asociados en el Club Provincial, se esmeró con los abanquinos que la acompañan en la gestión dirigencial, a convocar, organizar y festejar el aniversario de la santa tierra, con el protocolar reconocimiento a Micaela y con el tradicional bautizo de la wawatanta, que convocó a muchos paisanos, en el local del Club Departamental Apurímac.
En Santa Beatriz, en un mediodía caluroso que nos trasladó a nuestro valle, Paco Sotelo compartió un texto de Hugo Viladegut, en el que se recordó el discurrir histórico de nuestra tierra de quechuas, chankas, aimaras y mestizos, que hacen de la hospitalidad y generosidad; los ejes característicos de un pueblo querendón y orgulloso de su pasado, su presente y sus retos del mañana.

Baltazar Lantarón, ex gobernador de Apurímac, invocó la unidad de los Pikis que residimos en Lima y otras latitudes, con el afán de apoyar y hacer realidad grandes propuestas y proyectos de desarrollo que harán de Abancay, una gran ciudad, más de lo que es en la actualidad. Hacer realidad el corredor cultural Arguedas, es un reto para los abanquinos.
Margoth Saavedra, al rendir homenaje a Micaela, señaló que el reto de las abanquinas es que sean todas, Micaelas multiplicadas con valor, templanza y cariño por nuestra hermosa tierra. Enrique Gutiérrez, hizo el brindis por Micaela, por Abancay, por los abanquinos.
Mi saludo lambramino fue para expresar el orgullo que sentimos por nuestra cuna, por la tierra de los tradicionales taparacos, maicillos, cuyes, cachicurpas, y tallarines de casa.
En el Club Apurímac, los abanquinos convocados pudieron rememorar el tradicional Bautizo de la wawatanta “Munay Tika”, “procreada” por la pareja conformada por Enrique Gutiérrez y Nilda Miranda, y apadrinada por Elías Sosa y Nelly López. El “sacerdote” Eddy Vidal, tuvo una colosal participación que trasladó las sonrisas y aplausos a las calles y viviendas de Abancay de nuestros recuerdos. Y es que recordar es volver a vivir.
De otro lado, el Club Distrital de Abancay, también celebró su bautizo tradicional, que antecedió a un compartir con chicharrones, tallarines y wawas llegadas desde la tierra primaveral. Ambas reuniones permitieron a los abanquinos residentes en Lima, retroceder en el tiempo y zapatear y cantar huainos y carnavales de nuestra tierra.
Los abanquinos organizados en el club provincial o distrital, o alejados de las instituciones, sabemos que la tierra que nos vio nacer es sagrada; hay que recordarla, venerarla, quererla y sentir con ella, por ella, lo que todo ser racional siente: nuestro amor por Abancay eterna.

viernes, 3 de noviembre de 2023

Orgulloso de ser abanquino

Orgulloso de ser abanquino
Escribe, Efraín Gómez Pereira

“Aquisito, nomás” debe ser la expresión netamente abanquina más popular, que ha traspasado fronteras y nadie se beneficia de sus regalías. Era, o sigue siendo, la respuesta natural a una consulta sobre la ubicación o distancia de un determinado lugar, no importa si está cerca o lejos el destino fijado. Esta misma tarde, cuando abordé un taxi en Lima, el conductor correspondió a un servicio de Chorrillos a Jesús María, con un “Ah, aquisito, nomás”. Abancay y su abanquinismo reflejado en el habla común de un limeño.

En Abancay, ciudad de la eterna primavera, que celebra 149 años de creación política o de su elevación de Villa a Ciudad, se habla un español enraizado en el sentir del poblador Piki, que emplea diminutivos y palabras en quechua castellanizadas, que se entienden con suma facilidad.
Bella y acogedora,  Abancay.

En el colegio, en los juegos, en las calles, en el mercado escuchamos con naturalidad expresiones que seguramente en otras latitudes, necesitarían de un traductor. En ese sentido, somos orgullosos de nuestro habla, del habla Piki.

Pero, somos orgullosos de mucho más. Cómo no sentir orgullo si celebramos en democráticas comparsas que no ponen fronteras a la unión barrial, al festejar el carnaval más alegre del Perú. De disfrutar en camaradería o en familia, la natural chicha de jora, la trepadora frutillada, la delicada chicha blanca o el ponche de habas “piteadito” con cañazo, que se convierten en elementos de unión familiar.

Cuántos inflamos el pecho al mencionar la calidad y variedad de nuestros panes, de los taparacos, común, latachuta. De los maicillos que son delicia registrada así estén quebraditos. Nuestras wawatantas, que forman parte de la tradición familiar y de la búsqueda de compadres y bautizos. Abanquina coincidencia que la fiesta de las wawas se enlaza con la fiesta de nuestra ciudad.

Un paseo por los mercados nos permite saborear el tradicional caldo de gallina, con arrocito y chuñito “rico nomasyá”. Buscando y rebuscando podemos gozar del sabor especial de la gelatina de patita, un manjar que es muy codiciado. Si de buscar queso se trata, en el mercado central hay una bien montada batería de queseras, que ofrecen moldes de parias, andinos, wataquesos y las insuperables cachicurpas. En las juguerías es inevitable no pedir la yapita de un surtido o un especial, y celebrar con un “gracias, mamita”, como solo lo hace un orgulloso Piki.

Pasear por las picanterías, hoy restaurantes campestres, nos lleva a disfrutar de la gastronomía popular y tradicional, en la que el plato bandera es el tallarín de casa con estofado de gallina, rocoto relleno y kapchi de chuño. Añañausito como el chicharrón y su zarza de yerbabuena; el cuy relleno y otras delicias que se complementan con el mote de maíz blanco o paraccay. Chicha de jora, uchucuta y queso, fieles acompañantes.

La música abanquina tiene el rasgo particular de ser alegre y bullanguera. La mayor expresión de esta riqueza cultural se vive en los carnavales, en pandillas y comparsas, bajo las yunzas y donde los zapateos característicos levantan polvareda y amenazan con romper pistas. No habrá casa abanquina en la que uno de sus integrantes es oficioso de las guitarras, charangos, mandolinas o quenas. Y todos cantamos, aunque sea desafinados, pero cantamos y somos orgullosos.

Somos orgullosos cuando hablamos del Ampay y sus lagunas de aguas cristalinas, de los bosques naturales de intimpas, nuestro recurso natural protegido. De Saywite y su gran magnitud histórica. Del valle de calor y flores, como la Bella Abanquina y el Amancae; del río Mariño, sus piscinas y pozas en las que aprendimos a chapotear en todos los estilos; de sus siracas, moreras, pisonayes y jacarandás, que dan cobijo a las orquestas de emplumados, tuyas y pichincos, que nos deleitan con sus cánticos mañaneros y de los conciertos con los jesjentos en las tardecitas, despidiendo al radiante sol que quema hasta en las sombras. 

Sentimos orgullo y añoramos repetir los paseos por las zonas turísticas en el entorno de la ciudad, uniendo el Ampay con el Quisapata, las túneles de Karateka, los vestigios de Illanya y Patibamba; el colonial y descuidado puente de Pachachaca, las aguas termales de Santo Tomás, el mirador de Taraccasa; el corredor de Condebamba, la Plaza de Armas y su Catedral, el Parque Ocampo, Micaela Bastidas, la calle Miscabamba, último bastión de los ojoteros tradicionales, que aún perduran a pesar de la intromisión comercial de las baratijas chinas.

¿Orgulloso abanquino?, claro que sí, de su música, su comida, del calor y afecto sin igual de sus gentes, de sus nueve distritos, de las fiestas de sus galleros, del fútbol macho, de los coches locos, de sus colegios emblemáticos Santa Rosa y Miguel Grau, que paralizan la ciudad en los meses de agosto y octubre; de la Prevo, Bonifaz, Industrial, La Salle, Mercedes, Aurora, Majesa. De la Virgen del Rosario, nuestra patrona. De los entierros en el cementerio de Condebamba, hasta donde se llevan a los muertos al son de guitarras y bombos, despedidas en alegría, sólo en Abancay.

Orgulloso de su pasado y sus grandes personajes, de Micaela, nuestra Micaela. Orgulloso de nuestro himno “Si vienes a mi Abancay”, con la marca eterna de Pepe Garay. Orgulloso de tararear con emoción, añoranza y con ese “no sé que”: “Abancay de mis amores, si yo volviera a nacer, al cielo le pediría, que seas mi cuna otra vez”.
¿Y tú? ¿De qué te sientes orgulloso de ser abanquino? Yo, de ser un lambramino - abanquino.

jueves, 19 de octubre de 2023

Abrazo "Miguelgrauino" en Lima

Abrazo “Miguelgrauino” en Lima
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Había más de un abrazo pendiente entre los Miguelgrauinos que residen en Lima. Las escasas ocasiones en las que los amigos se pueden juntar para recordar y celebrar fechas especiales, afrontaron vallas difíciles de franquear. 
Una costumbre arraigada en el corazón rojo y la agenda de los abanquinos-Miguelgraunios, que todos los años se abrazan a los sones del emocionante y vibrante “Gloria a Grau”, no pudo seguir la rutina anual, a causa de la pandemia que cerró no solo muchas vidas, sino esperanzas y encuentros esperados y postergados.
Percy, Efraín, Iván, Paco  Raúl, Marco y José Luis, Promoción 75.

Después de tres años de espera, finalmente, el pasado domingo 15, una semana después de la fecha jubilar del glorioso colegio Miguel Grau de Abancay, que celebró 134 años de existencia institucional, los exalumnos del Miguel Grau, pudimos mirarnos cara a cara, brindar con emoción y festejar el abrazo esperado, al compás de música del recuerdo, que nos trasladó a las calles de Abancay y a los vericuetos del Chinchichaca. 
Los recordados “Cherris” con Pepín y Rolando, arrancaron aplausos de nostalgia y recuerdos. Margoth Gutiérrez hizo loas a Grau y Apurímac. La voz juvenil y contagiante de Gabriela Pass, sobrina de Paco Sotelo, nos llevó a las pistas de baile. Los más de un centenar de pikis convocados charlaban en sus respectivas mesas, oteando el ayer de las aulas del Grau y festejando la vida, con amigos de décadas y más. Un salud, con pisco, vino o cerveza, se repetía apagando las ansias de los sedientos. No hubo chicha de jora, por lo que El Carrizal y el Arpachayoc, se hicieron extrañar doblemente.
Javier Ramírez Infantas, gestor de la convocatoria, resumió en breves minutos, el calor del reencuentro, recordando su paso por las aulas en el viejo local de la avenida Arequipa y, en su momento, de las recién estrenadas del local de Chinchichaca, destacando emocionado la “marcha de las carpetas”, en 1962, que debió ser memorable.
Nos invitó a cantar “Gloria a Grau, quien triunfante pasea, por los mares el patrio pendón bicolor… Que cual llama sagrada flamea, entre el humo y el tronar del cañón…”
Hugo Viladegut, la voz del Perú, ensayó una apretada semblanza sobre el valor histórico del colegio, su importancia regional y el por qué sus exalumnos sentimos orgullo aquí o allá. La valía de los maestros que dejaron huella, fue destacada con agradecimiento.
La tarea de rescatar y continuar con el reencuentro miguelgrauino en Lima, se encargó a la Promoción 75, con la responsabilidad personalizada en el dinámico, Percy Salcedo.
La Promoción 75, que está ad portas de celebrar sus Bodas de Oro, asume este encargo con una responsabilidad que debe hermanar la actividad limeña del 2024, con el recibimiento del Estandarte -de manos de la Promoción 74- que simboliza la tarea de organizar las celebraciones del 2025, en Abancay. 
Precisamente en esa lógica, se dieron los primeros pasos para la implementación de ambas tareas. La noche del reencuentro en el Club Cusco, nos permitió a Percy, Iván Miranda, Francisco Sotelo, Raúl Castillo, Marco Samanéz, José Luis Miranda y Efraín Gómez, fortalecer la agenda y proyectar reuniones de trabajo permanentes, en Lima y Abancay, buscando diseñar un derrotero con actividades culturales, académicas, deportivas y de confraternidad.
Lima y Abancay, serán centro de operaciones de los sesentones de la Promoción 75 A, B y C, que trabajan por hacer una jornada para el recuerdo. “Salgan muchachas a sus balcones, que los Grauinos han de pasar…”

(Fotografías del Fanpage de Hugo Viladegut)

viernes, 13 de octubre de 2023

Estela, lambramina universal

ESTELA, LAMBRAMINA UNIVERSAL
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Ha estado en el ojo de la tormenta y en la atención mundial. En Israel ha vivido un real peregrinaje, su propio peregrinaje. Como muchas personas que, fuera de su casa, de su país; enfrentan la soledad y el temor de ser víctima inocente, un dato estadístico más, del horror de la guerra, de la violencia del terrorismo internacional. 
Dos días declarada desaparecida. Incertidumbre en la familia, que pensaba lo peor. Las noticias mundiales anunciaban muertes y muertes. Los titulares de medios peruanos daban cuenta de la muerte de dos connacionales. 
En Tel Aviv, con los amigos de la dramática experiencia. 

En ese ambiente, de llamadas telefónicas infructuosas, de indagaciones sin resultados, de consultas sin respuestas, una mujer lambramina, abanquina, peruana, miró la sonrisa de la muerte muy de cerca, casi quemándole con el aliento.
Rufina Estela Pereyra Peralta, vive para contar una experiencia cinematográfica. Ha estado en medio de las llamaradas provocadas por bombazos y cohetes; metrallas y misiles que van y vienen, sin saber por qué le tocó vivir esta “aventura” dramática.
De viaje en Tel Aviv, como parte de un programa turístico que la animó salir de Oslo, en Noruega, en compañía de cuatro amigos y colegas de trabajo, se topó con las calles sedientas de sangre, como epicentro de proyectiles de ataque y defensa. Una turista metida en la guerra de la que por convicción es contraria, hacía su propio peregrinaje.
La última comunicación, antes que le den por desaparecida fue con su hermano, Dino, desde Abancay. En medio de la charla telefónica, se escucharon los traqueteos de metrallas cercanas y luego una explosión que sacudió el piso doce del hotel en el que se alojaba. Dino sintió un frío en los huesos cuando tras la explosión se cortó la llamada. Dos, tres, cuatro intentos de timbrazos sin resultados. El drama familiar, de no saber nada de nada, se extendió hasta Bolivia, Lima, Arequipa, Abancay y Lambrama, donde viven los hermanos. Cada uno en su propia preocupación, se mantenían pegados a los noticieros de televisión.
Con sus padres e hijos, en Oslo, hace varios años.

Estela cuenta, con palabras que aun aprietan el temor por lo vivido, que permaneció junto a otros turistas en los sótanos del hotel, y de allí se movilizó por varios otros lugares y tramos en busca de una salida hacia la tranquilidad, hacia la paz. 
Con los allegados de la congregación cristiana a la que pertenece, lograron contactar un vuelo charter que los evacuaría de Tel Aviv, hacia Oslo. Guiados por los locales se dieron con la ingrata sorpresa que el avión no podía ingresar al aeropuerto de Tel Aviv, blanco de las miras terroristas y vigilada en sus cuatro extremos. El camino era entonces, buscar al avión donde este haya podido aterrizar. En un desierto alejado en la frontera Sirio-Libanesa. 
Para llegar a la nave de salvación, tuvieron que viajar durante siete horas en la noche, sorteando temores propios de la situación; viendo cómo el cielo se teñía de colores y destellos producto de las armas de fuego que iban y venían.
Abrazados y hermanados en oraciones y cánticos, sobrevolaron el territorio ajeno, acompañados por los fogonazos y llamaradas que iluminaban la noche también ajena. Oslo y sus brazos abiertos los esperaba con el calor familiar. Aturdida aún por la pesadilla experimentada, Rufina Estela pudo abrazar como nunca, o como siempre, aunque esta vez con una especial dosis de emoción, a sus hijos Sumac Sonqo y Josué; y sentir el esperado calor de su esposo hindú, Antonny Santhyapillhay.

Mujer sencilla, luchadora 

Estela es lambramina de 67 años. Una mujer, valiente, luchadora, severa y directa en sus decisiones. Sencilla a extremos, cuando se trata de compartir la bondad, el amor y el cariño hacia su entorno familiar y amical.
Vive en Noruega desde hace cuatro décadas, donde hizo familia, hogar y trabajo.  Es Bioingeniera, y como tal docente en la universidad de Oslo y funcionaria en el hospital de la misma ciudad. Habla además del quechua y español, sus lenguas maternas; inglés, noruego e hindú. Es una lambramina universal.
Estudió medicina en Argentina, Laboratorio Clínico en Bolivia, cuyos conocimientos le sirvieron de base para alcanzar una posición importante en la Bioingeniería, en Noruega.
Querendona a mas no poder, se lleva de paseo a sus padres -ya ausentes- y a sus hermanos a recorrer el viejo continente. Y ella misma se da un salto al Perú, cada cierto tiempo para respirar aires serranos y saborear cancha con cachicurpa en Lambrama, donde canta y baila huainos y las tararea en el quechua de su niñez feliz, con Jesús y Washington, sus inolvidables padres.
Como anécdota, se puede decir que esta lambramina universal es también una mujer aferrada a la vida, a pesar de todos los percances que tuvo que sortear; como la dictadura argentina, el terrorismo de Sendero Luminoso en Perú, la crisis del Covid que la entubó casi hasta el milagro; o el bloqueo de carreteras que la sorprendió en su último viaje a Perú en enero de este año.
Estela, mujer de estatura baja, pero de corazón y templanza grandes, se muestra como una gran mujer, grande en todo su esplendor. Viva la vida, querida prima.

martes, 19 de septiembre de 2023

Julián, el "Opa" de Lambrama

Julián, el “Opa” de Lambrama
Escribe, Efraín Gómez Pereira

Un pueblo pequeño esconde grandes historias ligadas, en muchos casos, a personajes pequeños, inadvertidos. Son hechos que, a pesar del paso de los años, trascienden generaciones. 
En Lambrama, década de los sesenta y setenta, del Siglo pasado, cuando era un niño, conocí a tres personas que formaban parte de una legión de llactamasis que destacaban más allá de la “normalidad” de un poblador común.
Julián, Zacarías y María, eran personas con diferentes grados de discapacidad intelectual. Los recuerdo adultos, grandes y distintos entre sí, y entre los de la comunidad. Eran los “opas” del pueblo. Zacarías era lento. Se paraba en la puerta de las bodegas o panadería, hasta que le alcancen algo a mano. María, era laboriosa, lavaba ropas en cantidades industriales en el río. A quienes la fastidiaba, los perseguía a pedradas. Tuvo dos hijos, quienes son profesionales y personas de bien. 
En ese entonces, el trato hacia las personas “diferentes”, más en un pueblo de mayoría analfabeta, era de discriminación absoluta, producto de la ignorancia y desconocimiento. Eran consideradas “castigos” a la familia por causa de algún pecado mayor. No había -y creo que en la actualidad, tampoco - un ente especializado en atender esta necesidad real.
Las propias familias se hacían cargo de esa “carga”. En algunos casos, otra familia las acogía, para bien o para mal.
Callecita en Tomacucho, donde vivió el personaje de la nota: Julián. 

Julián era vecino en Tomacucho. Nieto de la tía Ceferina, una mujer que dominaba la medicina tradicional y los rezos para tratar males diversos. Era la comadrona que asistía a las parturientas. Los hermanos Gómez y muchos lambraminos vimos la luz del sol con la ayuda de sus diestras manos.
El “Opa” Julián, un hombre robusto, de fuerza poderosa, era casi un ermitaño, que se aislaba de la casa para atender sus propias responsabilidades. Tenía su propia ganadería imaginaria con tropas de vicuñas y venados en las cumbres y laderas de Chipito, donde se adentraba por días enteros.  
La leña que Ceferina requería para calentar la tullpa y preparar las lawas de cada día; los forrajes de murmuskuy, pisonay o suncho, que los cuyes y cabras esperaban para alimentarse a diario, eran facilitados por las diestras, aunque lentas, manos de Julián. 
Casi siempre enfundado en un poncho occe y sombrero loccosto, raído. En su mundo aislado, personalizado, parsimonioso, era dueño de una habilidad insuperable para el aporque o cultivo de los maizales de las chacritas de la abuela. Los surcos de maíz chullpi o paraccay, en Espitira o Accomocco, eran trabajados con envidiable pausa y dedicación artesanal. Producto de ese esmero, sus cosechas de choclos y huiros eran ejemplares.
Lo vi en las tardes de Rosario o Misa en la iglesia colonial, enfundado en una camisa limpia, peinado y afeitado de sus ralas barbas. Parado en la enorme puerta de acceso al aposento religioso, parecía dar la bienvenida a los feligreses, con una amplia sonrisa que descubría una hilera de dientes compactos. 
En muchas oportunidades era partícipe de nuestros juegos infantiles. Hacíamos bromas de todo calibre, imitándolo, burlándonos de su condición, de los que él mismo se reía a mandíbula batiente. Le bajábamos de un tirón su viejo pantalón y se descubría un miembro prominente. "Alamerda". Sus carcajadas eran estruendosas, que nos contagiaban risas incontenibles. Éramos niños inconsecuentes, también desinformados y discriminadores. Otras épocas, sin duda.
Visitaba la casa buscando una taza de café que le ofrecía mamá Dora. Sentado muy cerca a la puerta, tomaba el café en dos o tres sorbos sonoros. “Grasmamá” y retrocedía hasta la puerta, no sin antes mirar de reojo y con lujuria, a la empleada de hogar que se esmeraba en mantener caliente el enorme fogón. “Sumac warmicha, pukauyacha”, murmuraba.
En ocasiones, enamoraba a la pukauya, con gestos sexuales que le causaban gracia a la “chola”.  Con los dedos índice y pulgar de la mano izquierda hacía un aro al que introducía de manera repetida el índice derecho, desvistiendo con la mirada a la pashña. La pukauya se ponía más colorada aún. “Opay merdas”, y soltaba una carcajada.
Una noche avanzada, Julián respondió con inusual reacción a un “susto” que le había preparado el tío Andrés, cansado de la bulla estridente que el Opa hacía a medianoche o de madrugada soplando la fukuna, a la que le sacaba una sonido terrorífico que no dejaba dormir y paralizaba a la vecindad. 
Andrés enfundado en una sábana blanca como manta encapuchada, se cuadró ante el Opa, gritando ¡¡Ahhh!!, cuando Julián volteaba la esquina común de la casa, con la finalidad de asustarlo y sacarle los diablos. Lejos de inmutarse o correr asustado, el Opa se abalanzó sobre el tío, y lo corrió a pedradas. “Kukuchi caraju… Kukuchi caraju”.
En las yunzas de carnavales los muchachos del pueblo se esmeraban en buscar a Julián, para que ayude a cargar al árbol de Lambras o Chuyllur, desde Tanccama o Taribamba y preparar el hoyo en la esquina de la plaza para ser plantado un día antes de las celebraciones festivas. 
Julián vivía su propio carnaval y era feliz con el cuarto de cañazo que le daban a mano. Entonado y chispa, se iba tarareando huainos de su propia creación, zigzagueando hasta su casa en Tomacucho.
En las muy raras ocasiones en que el sanitario del pueblo o la justicia local requerían hacer una exhumación de cadáver en el cementero local, Julián era convocado y, a punta de picos y palas, cumplía con el encargo, recibiendo a cambio, un cuarto de cañazo, que era su “debilidad”.
Tras la muerte de Ceferina, que era su ángel guardián, cayó en abandono. Deambulaba fuera del pueblo por días y noches enteras. Los vecinos le facilitaban algo de comer y de vestir. Se pegó al alcohol y murió, ya viejo, en abandono y pobreza, sin que haya habido una mano cercana para socorrerlo. 
Recuerdo a Julián como un ser marginal, incomprendido, fuera de época; pero, al mismo tiempo, un ser humano servicial, atento y querendón con quienes compartía de cerca o eventualmente. Un ser extraordinario.

viernes, 25 de agosto de 2023

Supersticiones lambraminas

Supersticiones lambraminas
Escribe, Efraín Gómez Pereira

“Alamerda caraju, qencha paya” grita visiblemente contrariado mi padre, don Laureano, y repentinamente suspende el viaje de negocios que tenía programado. ¿Qué sucedió?. Montado en su mula Roma, un bayo criollo grande de buen porte con su inseparable ichur, que hacía sonar musicalmente los herrajes de sus cuatro patas, el caballero lambramino regresa a casa, después de apenas un minuto de haber salido.
En la esquina que da la calle Sucre, con la que conecta al puente de Chacapata, se cruzó doña Emilia, una mujer de la vecindad, que a las 4.30 de la madrugada no tenía que haber estado allí. Era hora de que debía estar durmiendo. Ni los pichinkos, tuyas y piscalas habían despertado para iniciar el concierto musical de madrugada. Pero los presagios son así y Laureano, se dejaba llevar por estos detalles.
Una mujer que se cruza en tu camino al inicio de un viaje trae, definitivamente, mala suerte y había que dejar el periplo para otro día. En cambio, si era un varón o un muchachón el del encuentro, entonces todo pintaba a que sería de buen augurio y Laureano, se daba maña inclusive para dar una propina al de la “buena suerte”.
¿Cuántas veces habrá sorteado estos causes mi padre?. Para asegurar el buen viaje, coordinaba con Alejandro, “Acchiruntu”, un ccorito de Chacapata, para que a cambio de una moneda que alcanzaba para una gaseosa Ñusta, lo espere en la primera esquina y ¡oh, maravilla!
Como esta superstición y creencia lambramina, hay muchas otras de las que tengo claro y nostálgico recuerdo y trataré de encasillarlos en breves líneas, en la idea de sacudir la memoria de mis paisanos, quienes al leer este texto, no solo puedan sonreír, sino rememorar y compartir sus recuerdos.
En los desayunos de Tomacucho, siempre había un plato grande de canchita de maíz chulpi. Genaro, se hacía de un manojo y las soltaba al plato de dos en dos. Si en la palma quedaban tres, sería un buen día. Si quedaban pares, ayayay.. a repetir el juego.
Antonio o Antuco, el eterno secretario de la casa de Tomacucho, se frotaba las manos con una amplia sonrisa, cuando al ajustar el cinchón del “yana mula” cargado de leños de unca en el prodigioso valle de Tanccama, el cuadrúpedo dejaba escapar un sonoro pedo. “Ay taitacha Dios, buena suerte, caraju”.
La tía Ceferina  se persignaba hasta tres veces seguidas de manera acelerada y sincronizada, al escuchar en la copa del gigantesco nogal de la huerta junto al río, el gorjeo lastimero de una pakpaka o búho. “Cacallau, picha huañurunka”. “Pobre, alguien va a morir“. Al día siguiente, Patita anunciaba con el doloroso tañer del Chincapum de la Iglesia San Blas, la partida de un llactaruna. 
Con desesperación la tía Santusa, pide a su hija Evangelina, matar a la fea, grande y negra chiririnka, que se asoma por la puerta de la casa. Una mosca grande con un zumbido inconfundible, que se da de porrazos contra las paredes de la habitación, venía a anunciar el viaje sin retorno de algún familiar. La mosca fue aplastada con una ojota y la muerte postergada, hasta nuevo aviso.
La tía Jesus, advertía a sus traviesos hijos, en cada oportunidad posible, sobre los riesgos de ver, escuchar o hacer algo que pudiera tener consecuencias dolorosas. Los pikis escuchaban los consejos y, muchas veces, se evitaban situaciones enojosas. Coincidencias o no, son hechos que perduran en el imaginario, en la mente y en el quehacer de los lambraminos y seguramente de otras latitudes andinas.
La sorpresiva presencia en las puertas de la casa de una libélula o kachikachi, es presagio de la visita de alguien muy querido y esperado. Entonces había que preparar detalles y agregar un plato en la mesa.
Si un pedazo de carbón se pegaba en la base de la olla de barro, se anunciaba la muerte de algún familiar o allegado. Si el leño del fogón estallaba con chispas o botaba espuma (leño húmedo sobre todo) se advertía violencia en la casa, producto de la borrachera del esposo.
Las abuelas eran generalmente, quienes transmitían los mensajes y advertencias de buen o mal augurio, sobre todo a los menores de la casa. Muchas de estas, coincidentemente se hacían realidad o se hacía algo para que se cumplan y el suelo esté parejo.
No tomar agua en los puquiales, porque te pueden quitar el alma. No mirar el arcoíris o kuichi, porque trae enfermedades muy peligrosas. No mirar de frente a un sapo, pues al respirar se llena de aire llevándose la sangre del menor.
“Aman punkuwan pukllaychu”. No juegues con las puertas batiéndolas de un lado a otro, porque puedes terminar en la cárcel. “Ama layanpi chihuacuta jibeichu” No hondees a un chihuaco, puedes perder la puntería.
“Aman calabazata urmachinkichu; churiyki opan kanman” No hagas caer la calabaza, tus hijos pueden nacer opas. “Aman konchata ichinkichu” No saltes encima del fogón, trae mala suerte. Aunque en este tema, también se dice que trae fortuna por todo un año.
“Aman qoyllurta yapaychu, casinan churiykikunan aska kanman” No cuentes las estrellas, porque tendrás muchos hijos.
Seguiremos buscando más datos con la ayuda de mis paisanos, como mi primo Dino Pereyra, que anda rebuscando en su memoria.