jueves, 15 de enero de 2026

JM Arguedas y el huayno lambramino

JM Arguedas y el huayno lambramino
Escribe, Efraín Gómez Pereira 

Lambrama, mi pueblo tiene, -al igual que otros pueblos andinos- una vasta riqueza cultural histórica poco valorada, poco apreciada y difundida con serias limitaciones. No hay promoción o estrategia pública que saque a luz o rescate tradiciones y costumbres que recrean la vida al natural de sus gentes que tampoco, lamentablemente, saben que son ricas, únicas y con enorme potencial.

Dos iglesias coloniales – Caipe y Lambrama- perennizadas en el cuasi olvido desde hace cuatro siglos; restos arqueológicos preincas escondidos bajo toneladas de tierra e ignorancia -Chaqnaya, Utawi, Qaraqara, Luntumarka, Chuqchupisqana-; creaciones artísticas que se hacen visibles solo en fechas emblemáticas, caracterizan a este distrito de Abancay, Apurímac.   

Las fiestas costumbristas lambraminas eran las de antaño. Tablacruz, Corpus Cristi, Patrón Santiago, Varamuday, Carnaval campesino, fueron catalogadas como expresiones vivas de gran renombre de un pueblo creativo y generador de cultura.

Varamuday, escenificación comunal que representaba el cambio de mando del gobernador, logró en los años sesenta y setenta del siglo pasado, galardones dentro y fuera de la región. Hoy es un recuerdo. En la actualidad, solo el carnaval campesino, llamado “autóctono” tiene alguna fuerza local que alcanza méritos en diferentes competiciones.

La música tradicional o popular, personalizada en el huayno, jarawi-huanca o qashua, es quizás, al igual que el carnaval, la corriente cultural que aun mantiene presencia creativa que nos enorgullece a los lambraminos. 

La “huanca”, es una representación comunal de antigua data que se hace en agradecimiento a la tierra, al agua, los Apus, en jornadas dedicadas a la siembra y cosecha. Las mujeres cantan a la vida, a los hijos, al futuro siempre agradecidas por lo que la tierra les brinda. Se canta también en jornadas familiares como wasichakuy, matrimonios, despedidas.

En cada una de ellas destaca la improvisación en los mensajes, acordes a cada situación. Hay una mamacha que lidera el dúo, trío o grupo que se acomoda al ritmo casi de inmediato. Es una ceremonia de mucho respeto y responsabilidad a donde no ingresan las que no sientan su valía. 

Los varones acompañan esta representación, respetando la primacía de las mujeres. Esperan el final del coro o de las pausas, para gritar ¡¡Chijo!! que viene a ser el complemento de hermandad y compromiso y de beneplácito porque se viene algo bueno para todos, la familia, la comunidad, el pueblo. 

Esta creación huaynera de Lambrama, fue seguramente la que llamó la atención de nuestro gran escritor apurimeño José María Arguedas, que en su joya literaria “Los Ríos Profundos” destaca “Cuando salía en la noche, los sapos croaban a intervalos; su coro frío me acompañaba varias cuadras. Llegaba a la esquina, y junto a la tienda de aquella joven que parecía ser la única que no miraba con ojos severos a los extraños, cantaba huaynos de Querobamba, de Lambrama, de Sañayca, de Toraya, de Andahuaylas, de los pueblos más lejanos… Luego regresaba a mi casa, despacio, pensando con lucidez en el tiempo en que alcanzaría la edad y la decisión necesarias para acercarme a una mujer hermosa; tanto más bella si vivía en pueblos hostiles…”

Esta revelación, grandiosa por su peso e importancia, y escrita hace más de sesenta años por el Taita Arguedas, la debo a la mirada acuciosa del gran periodista y mejor amigo, Miguel Ángel Silvestre que me posteó la cita y que le agradecí orgulloso. “Estoy volviendo a leer Los Ríos Profundos, del notable escritor y visionario José María Arguedas, y constato que menciona a tu distrito, Lambrama. Caminó por allí. Vale mucho. Sigue escribiendo.”, me dijo Miguel Ángel.

Busco y rebusco datos que permitan identificar qué huaynos lambraminos habrá cantado José María y no logro aterrizar. Quizás “Yunkay lorucha verde capacha, waiqo waiqon sara tukuikuq, amalla sonqoita suwallawaychu” (Lorito de la selva que acabas con el maíz del valle, no robes mi corazón); o “Waranhuay, qello waranhuay, pipaqrak qelloyashanki”. (Waranhuay flor amarilla, para quién te estarás poniendo amarilla”). 

Tal vez “Candatito aceromanta llavechayoq, piraq mairak quichallasunki”. (Candadito con llaves de acero, quién será el afortunado en abrir tu cerradura”). “Maitak maitak puka polleraiki, Lambrama fiestapi rantichikusjaiki; que tal lisura que tal vergüenza, iglesia qepapi chustichikusjanki” (Dónde está la pollera roja que te compré en la fiesta lambramina, que vergüenza te la quitaron detrás de la iglesia). Sea cual fuere el huayno, jarawi o qashua del relato arguediano, es un motivo grandioso que renueva nuestro gran orgullo de ser lambramino, wakrapuku.

Libros y lectura en Abancay

Libros y lectura en Abancay
Escribe, Efraín Gómez Pereira

La frase “Un pueblo que no lee está condenado a la extinción” de Mempo Giardinelli, periodista y escritor argentino, tiene un peso significativo en la tarea de “construir memoria histórica y conciencia, previniendo errores futuros y promoviendo la supervivencia cultural…”

Traigo a colación esta cita para valorar un reciente hecho que tiene ligazón con la cultura, la historia y la lectura; y con Apurímac. Tengo en manos libros publicados en los últimos meses, en Abancay, por apurimeños, que suman a una vasta producción literaria generada en nuestra región.

Los ejemplares han llegado a mi posesión, gracias a una antigua, terca y férrea costumbre que caracteriza a los lectores, o mejor dicho a quienes nos gusta leer: el canje. Años hace, cuando estudiaba en el colegio Miguel Grau, era ávido seguidor de los libros de bolsillo, llámese de vaqueros o pistoleras de Silver Kane, Marcial La Fuente Estefanía, Keith Luger (Miguel Oliveros), así como las de FBI o policiacas, que las encontraba en la céntrica peluquería Lux, concurrida por veteranos abanquinos, jubilados, exmagistrados, policías, etc.

Mi libro “Lambrama, miradas de nostalgia” fue “canjeado” por ejemplares de “El Entorno de Manuel”, de Manuel Azurín; “Así era mi pueblo”, de Santos Doroteo Borda; y “La Risa”, de Carlos Casas, y se convierten para estas fechas, en un reto a la tranquilidad en los viajes con destino al trabajo. Mientras el entorno de pasajeros está ensimismado en los celulares, mis ojos pasean por las páginas de estas obras descubriendo y conociendo aventuras, nostalgias, vivencias de sus autores, además de una selección amplísima de chistes y chascarrillos que no tiene fin.

Manuel Azurín, mi profesor en secundaria miguelgrauina, se explaya narrando sus propias experiencias como huancaramino, estudiante, universitario, docente, esposo, amigo, un ser con logros y errores. Es casi una confesión que nos permite conocer la intimidad de un hombre sereno, atento, disciplinado y, sobre todo, humano.

En 120 páginas, algunas ilustradas con fotografías familiares “El Entorno…” nos pasea por la experiencia personal del profesor de Biología, permitiendo acercarnos a una serie de aventuras que descuben a un hombre sencillo, como muchos. Hoy en el reposo del guerrero, Manuel viaja por diferentes lares, compartiendo su alegría de conocer nuevas experiencias, a través de sus visitadas redes sociales. 

Otro huancaramino, el sacerdote Santos Doroteo Borda, nos regala en testimonios personalizados, las vivencias de su niñez en el centro poblado de Aracahua, en el distrito andahuaylino de Huancarama, en el libro “Así era mi pueblo”. 

La narrativa está centrada en el quehacer de una familia tradicional dedicada a la agricultura y ganadería, en un pueblo que tiene similares costumbres y características que otras de la sierra, a través de la mirada acuciosa de un niño inquieto y observador. 

Festividades populares, que convocan a todo un pueblo, tradiciones que hermanan familias, costumbres que se arrastran por siglos con la misma fe y esperanza, vivencias convertidas en cuentos, vida rural, silvestre y tranquila, que nos ubican en escenarios donde no hay pobreza, sino riqueza natural que es envidia de foráneos, nos atrapan en sus 234 páginas.

Santos, el padre Doroteo, es detallista al exponer sus vivencias, obligándonos a leer y releer lo pies de página, donde se explican los alcances de algunas expresiones poco usuales y necesarias de aclaración.

Y para reírse hasta el agotamiento, hay que leer de a poquitos “La Risa, el secreto de la salud eterna” de Carlos Casas Suarez. Una compilación de chistes y chascarrillos creados, adaptados y adoptados por su señor padre el recordado empresario abanquino, Julio Casas Casas.

Miles de expresiones jocosas, chistes blancos y colorados, cuentos cortos, reflexiones que atrapan apenas se hojea el libro, conforman el texto de “La Risa…”, en más de 300 páginas hilarantes, que de seguro pasará a formar parte del propio repertorio de quien lo lee, para sacarle brillo en sus reuniones familiares, sociales u ocasiones que lo ameriten.

¿Interesante? Claro que sí. Se pueden conseguir con Manuel Azurín, 996725965; Santos Doroteo, 982820462 y; Carlos Casas, 985513040.